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tribuna abierta

La lista

 03:17  

CAMILO JOSÉ CELA CONDE El ministro de Asuntos Exteriores del reino de España, es decir, nuestro ministro, lee a Brecht. O al menos le suena. En un foro organizado por un diario de Madrid, el ministro García-Margallo confesó tal cosa al asegurar que, citando unos versos de Brecht, había advertido al embajador de los Estados Unidos respecto de los riesgos que corre uno al desinteresarse por la suerte de los demás. El poema de referencia, harto conocido, es el del lamento aquél que comienza así: "primero cogieron a los comunistas y yo no dije nada... Los judíos, los obreros, los católicos, siguen en la lista que el poeta pone en boca del ciudadano indiferente sin que piense que tiene que protestar. Hasta que van por él y, al detenerlo, ¡ay!, no queda ya nadie capaz de hacerlo".
García-Margallo no refería sus quejas a las persecuciones de judíos, ni a las de comunistas, creyentes u obreros; se refería al riesgo que corren las empresas de los Estados Unidos tras la expropiación –o atraco a mano armada, como se prefiera– de YPF. Pero al poco aparece en las noticias un episodio mucho más cercano al espíritu de los versos de Brecht que el ministro podría esgrimir como pretexto para airear de nuevo su cultura literaria. Tras el notable éxito alcanzado en las elecciones griegas por el partido de extrema derecha Amanecer Dorado –vaya fijación la que tienen los fascistas con la salida del sol–, sus simpatizantes han lanzado por las calles de Atenas folletos que parecerían inspirados en ese mismo poema si no fuese porque resulta imposible, hasta en términos ontológicos, que los neonazis lean a Brecht.
Amanecer Dorado se ha dirigido a los homosexuales griegos advirtiéndoles acerca de que, tras los inmigrantes, son ellos los que vienen. No se sabe quién ocupa el lugar siguiente en la lista de los ciudadanos a perseguir pero cabe supone que la cosa irá de izquierdosos, de sindicalistas o de maestros. Lamentable, claro es; abundarán las voces de gentes sensatas que se levantarán protestando. Pero puede que hoy no haga falta bajar cuatro peldaños para que la escalera se vuelva una pendiente resbaladiza de la que no hay forma de escaparse. Es probable que nos demos cuenta demasiado tarde de que, ante el estruendo de los alaridos que se nos echan encima desde casi todas las portavocías de quienes mandan en Europa, hubiésemos debido decir algo ya. La primera persecución, la de los inmigrantes, era razón más que suficiente para gritar, en respuesta a lo que está sucediendo, que hasta aquí hemos llegado. Pero en nombre de los documentos administrativos nos olvidamos de cosas tan tremendas como son la necesidad de vacunar a los niños, curar a los enfermos y asistir a los impedidos. Tenemos papeles –el documento nacional de identidad, sin ir más lejos– y esas cosas no nos afectan. Pues bien, me parece que antes pequé de ingenuo; se sabe ya quienes son los siguientes de la lista, sin necesidad de poner por medio nadie más. Somos nosotros.

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