fin de siglo

A precio de oro

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JUAN JOSÉ MILLÁS A veces, detrás de la aparatosidad excesiva no hay nada. Por eso resulta tan decepcionante desmontar un juguete. O deconstruir a un individuo. O analizar un discurso. Si ustedes repasan los debates previos a las elecciones francesas, se horrorizarán de las horas y las páginas que dedicamos a discutir acerca de las consecuencias de que ganara o perdiera Hollande. Millones de palabras y de frases, mejor o peor construidas, salían de los receptores de radio, de los aparatos de televisión, o aparecían impresas en los periódicos. Si las palabras costasen dinero, aquel despliegue verbal nos habría llevado a la quiebra. Como son gratis, solo nos hicieron perder el tiempo. Al final, todo se redujo a una especie de sí pero no o de no pero sí. Como ganó Hollande, el asunto quedó en un sí pero no. Si hubiera ganado Sarkozy, viviríamos en un no pero sí. Obama, que es listo como él solo y que posee la intensidad física de un actor de Hollywood, se manifestó con una suerte de "matrimonios gay de entrada no", para abrazar más tarde, en función de las expectativas de voto y del dinero de la caja, un decidido "matrimonios gay sí". O sea, un no pero sí que se ha ido decantando hacia un "sí" diáfano. Poca retórica verbal y mucho aparato gestual. Eso es lo que funciona.
Cuando la tecnología lo permita, deberían implantarnos debajo de la piel a todos y cada uno de los contribuyentes un contador de palabras minúsculo que registrara lo que hablamos, al modo en que el contador de la luz registra los vatios que consumimos. Al final de mes, cuando llegara la factura, nos daría un patatús, signifique lo que signifique patatús. Y utilizaríamos la lengua con más sentido. No digo que se cobrara desde la primera palabra pronunciada. El "buenos días" dado al cónyuge o a los hijos podría salir gratis, igual que el resto de las alocuciones de orden práctico imprescindibles para el funcionamiento de la vida cotidiana. Ahora bien, sobrepasado ese límite, a céntimo el vocablo. Y a dos céntimos los utilizados en las conversaciones amorosas, para que los amantes dejaran de decirse tonterías. De ese modo, solo hablarían los enamorados de verdad. En cuanto a los políticos, les pondríamos el adjetivo a precio de oro.

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