fin de siglo

Razón y sinrazón

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JUAN JOSÉ MILLÁS Se encontraba uno en trance de aceptar la dieta mediterránea como animal de compañía, cuando comenzó a adquirir un prestigio increíble la paleodieta o menú de nuestros ancestros de la época de las cavernas. Según algunos especialistas, el hábito de consumir harinas y azúcares es muy reciente (apenas 200 generaciones) en relación a la historia del ser humano. De ahí el rechazo que producen en muchos organismos. La carne, en cambio, tan brutal de apariencia, ha formado parte de nuestra alimentación hasta ayer mismo. Ahora que uno había empezado a decantarse hacia las verduras y el pescado, resulta que la carne, incluso la carne humana, es buena. Lo importante es que el animal u hombre al que pertenezca no haya permanecido estabulado mucho tiempo. La grasa que gracias al ejercicio físico se infiltra en el tejido muscular resulta excelente para el colesterol.
Paleodieta, pues. Y nada de comer cinco veces al día lo que cabe en el cuenco de la mano. Eso, por lo visto, es de nenazas. La comida que sienta bien es la que se come hambriento, en grandes cantidades y con cierta ansiedad. El hombre de las cavernas no hacía tres comidas al día. Comía cuando podía, que no era siempre. Ahora bien, cuando podía, se ponía las botas. Y lejos de masticar 25 veces cada bocado, como nos decían en el colegio, se tragaba los solomillos casi enteros, y crudos, por el ansia de llenar ese agujero metafísico que llamamos estómago. Según algunos dietistas, a la mesa hay que llegar con hambre, con cuanta más mejor, para que la comida nos caiga bien.
Y olviden eso de que el desayuno es la comida principal del día. Nuestros antepasados, antes de abandonar la cueva para cazar, apenas tomaban un par de tubérculos o cualquier otra porquería que tuviesen a mano. De este modo, se sentían ligeros frente a la agresividad de los bisontes. Queda el asunto de la bebida. Se ha terminado eso de beber dos litros al día, distribuidos de forma regular a lo largo de las horas. Lo bueno es beber con sed, de modo que aguántese usted las ganas y a eso de las ocho de la tarde métase entre pecho y espalda una jarra de agua. Verá qué bien le sabe. Racionalmente hablando, voto por la dieta mediterránea; irracionalmente, por la de las cavernas, así que unos días como carne y otros pescado.

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