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AGUSTÍN E. DÍAZ-PACHECO, DIPLOMADO UNIVERSITARIO RELACIONES LABORALES Hay personas que quizá opinen que las sociedades han avanzado considerablemente, lo cual, dada la cantidad de equívocos, perversiones, contradicciones e infinitas malevolencias, podría cohibir el reconocer una constante histórica: los enormes y reiterados errores del ser humano. Éste, avanzado en sus ideas pero más que posible pasionalmente inferior respecto a un prímate, lo que ha venido demostrando, una y otra vez, es ensañarse con quienes le sirven de pretexto para ejercer la maldad. Asistiríamos, pues, a la controvertida afirmación consistente en la tesis de que la Historia se repite, frase hecha que motiva en asumir perentorias una cruda realidad. La reproducción de los hechos –contumazmente protagonizados por hombres y mujeres–, y convertidos en absurdo normado –elevado a teoría aunque carente de conclusiones ni tan siquiera persuasivas, por tanto, considerablemente represivas– puede poner de manifiesto las palabras expresadas por Winston Churchill: "Me gustaría vivir eternamente, por lo menos para ver cómo en cien años las personas cometen los mismos errores que yo". Lo por él afirmado, se mueve en varias direcciones, obviamente. Supone toda una invitación para comprobar aciertos o errores, o bien, cómo el ser humano podría imitarle –hipotéticamente–, y es más, una posible duda referida a los límites en los que las personas oscilan, se tambalean y hasta zozobran, a veces fanáticamente, en sus propias ambiciones. Es más que evidente, y basta con tender una mirada, y también escuchar, exigentemente dirigida a los medios de comunicación, la necia pretensión de agitar entre manos un artefacto que podría convertir al pasado y al presente en clamorosa negación del futuro. Su explosión sería –¿o es?– el eco de la estupidez de algunos insensatos, los mediocres de turno certeramente estudiados por millones de mujeres y hombres, en lo que siempre se ha presentado como reto en cuanto a ser afrontado, es decir, lo analizado por el médico, sociólogo, psicólogo experimental y escritor argentino llamado José Ingenieros. Más que tal vez, o sea, con desmedido avieso afán, la mediocridad puede consistir en abrirles abismos a los demás y proceder a reinaugurarles el temor al presente como al futuro. Es así como bastantes políticos se tornan mezquinamente miopes, miserables y hasta intolerantes ante el sueño, el mismo sueño que para Aristóteles no era, ni más ni menos, que la esperanza. Quien dice bastantes políticos, hombres y mujeres de paja del capitalismo salvaje, mencionar a cruelísimos financieros y otros vomitivos estrategas del desorden establecido que sufrimos. Hombres y mujeres ensañados con aquellos que le sirven de pretexto para implantar la maldad. Entonces, por costumbre, dan un paso atrás, retroceden, y sin abandonar sus sofisticadas armas recurren al hacha de sílex y preparan sus venablos en antiquísimas hogueras.

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