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La paradoja de las abejas o el peligro de no dar importancia a lo que la tiene

 03:20  

GERARDO PÉREZ SÁNCHEZ, DOCTOR EN DERECHO En su momento, el gran científico Albert Einstein elaboró una teoría cuya conclusión resumida sería que, si desaparecieran las abejas de nuestro planeta, a la raza humana le quedarían apenas cuatro años de vida hasta su completa extinción. Al parecer, su función esencial en el proceso de polinización y en el mantenimiento del ciclo de la naturaleza hacen que la ausencia de este diminuto animal ponga en marcha un efecto dominó que, presumiblemente, concluiría con el devastador resultado ya indicado. Con independencia de la verosimilitud o no de semejante razonamiento, lo cierto es que casi siempre lo más grande depende de lo más pequeño. Del mismo modo que las especies que ocupan la punta de la pirámide natural dependen de las que ocupan la base de la misma, los mayores ideales e inventos únicamente pueden llegar a serlo si se cuidan y miman los detalles aparentemente sin importancia.
Decía el escritor Charles Dickens que él "nunca hubiera tenido éxito si no hubiese dedicado a las cosas más pequeñas la misma atención que les dedicó a las grandes". El ser humano es especialista en quedarse embobado ante lo desproporcionado, ante lo descomunal, ya se trate de una teoría o de un espectáculo y, por ello, no suele ser capaz de apreciar otros detalles que, empequeñecidos por los excesos que le entran por los ojos, caen en el olvido, cuando no en el menosprecio. Por desgracia, este error se comete muy a menudo y afecta a ámbitos de lo más diverso.
Hablando en clave política, pienso que nuestro actual sistema democrático ha olvidado buena parte de los ideales que inspiraron los hitos que transformaron los antiguos modelos de desigualdades, injusticias y privilegios en otros basados en la libertad, la igualdad, la fraternidad. Así, la Declaración de Independencia de Norteamérica de 1776 habla de la búsqueda de la felicidad y de la prosperidad de los ciudadanos en unos términos que hoy en día se tacharían de cursis e ingenuos. Por su parte, la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano proclamada en Francia en 1789 no se expresaba en términos muy distintos. Posteriormente, cualquier acontecimiento impulsor del constitucionalismo ha tenido por objeto la dignidad y el bienestar de los individuos, traducidos en un elenco de derechos, desde la actitud de Rosa Parks (la mujer negra estadounidense que en 1955 se negó a ceder su asiento de autobús a un hombre blanco) que derivó en el caldo de cultivo en pro de los derechos civiles, hasta la resistencia del activista Nelson Mandela en los conflictos raciales de Sudáfrica.
Sin embargo, tengo la sensación de que, con el paso del tiempo, se ha rebajado lo verdaderamente importante a la categoría de accesorio, mientras que se han encumbrado como básicos determinados elementos que, sin negar su relevancia, deberían estar al servicio (y no por encima) de la ciudadanía. Las formas, aunque son importantes, priman sobre el fondo y no debería ser así. En la actualidad, da la impresión de que la legitimidad de las urnas obtenida cada cuatro años a través de un sistema electoral deficiente, basta y sobra para adoptar cualquier decisión. Lo verdaderamente relevante son los datos macroeconómicos, aunque para obtenerlos se prescinda del drama real de cada persona que se esconde tras esas frías cifras. Lo único que cuenta es la calificación que conceda Standard & Poor´s y la solvencia de la sector bancario. Los sindicatos alardean de una representatividad que no tienen, los políticos se jactan de decir una cosa en la oposición y la contraria en el gobierno. Pero, como todo está envuelto de apariencia democrática, el fondo se desvanece, los objetivos primordiales desaparecen y quienes conformamos la base del sistema quedamos relegados a un segundo plano. Tal vez, como ocurre con las abejas, si no se mima lo aparentemente secundario, lo principal termine por desaparecer.

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