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al azar

Hollande puede empezar por Francia

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MATÍAS VALLÉS La sexualidad desbordada de Strauss-Kahn ha condenado a Francia a un presidente sin sex-appeal. En el sangriento debate que invitaba paradójicamente a votar, Sarkozy le recordó condescendiente a Hollande que "usted no ha sido nunca ministro". También aquí desenfundó con rapidez el entonces candidato socialista, al enfatizar la década en el poder del esposo de Carla Bruni, por lo cual no podía escamotear su responsabilidad en la génesis del derrumbe económico. Mientras los candidatos socialistas en campaña se desgañitaban junto a un micrófono, Hollande era el fontanero que satirizaba la vehemencia impostada de sus compañeros al pie del estrado. El cómplice de los periodistas descreídos, un observador agudo del ritual político que ha salido a escena a empellones. Su victoria confirma que el único consuelo de la crisis consiste en que trata a los gobernantes como ellos solían a los ciudadanos, sin misericordia.
Las limitaciones autoimpuestas de Hollande no cancelan sus virtudes potenciales, pero deberían templar el entusiasmo de quienes pueden hundirlo, al aferrarse a su advenimiento con excesivo ímpetu. Es delirante descargar sobre sus hombros la salvación de la izquierda europea y mundial. Una tarea excesiva arriesga con volcar la frágil balsa socialdemócrata Medusa, que ha de rescatar al Titanic financiero. Hollande no es un revolucionario, perdón por la obviedad. Le conviene empezar por Francia, y exportar sus recetas patentadas una vez que su experimento haya funcionado a escala parroquial. De este modo, su país competirá con Estados Unidos, para convertirse en el faro que ilumina desde la colina. Su predecesor utilizó el título alcanzado en 2007 como combustible para rescatar a enfermeras búlgaras y a maniquíes italianas, con el decepcionante balance que el domingo plasmaron las urnas.
Pese a los precedentes, Hollande ha sucumbido a la tentación cosmopolita. Tomó la Bastilla en la madrugada del lunes –a la misma hora, si no el mismo día, que en 1789–, con un desafío a la austeridad que abarcaba desde las hipotecas hasta el hambre en el mundo. La ambición expansiva se justifica porque el Prometeo encadenado y arrinconado en el PSF se ha liberado de sus ataduras. En su favor, ha amarrado el sostén de sus peores enemigos socialistas, empezando por su excompañera sentimental.
El mitin conjunto de Hollande y Ségolène Royal tuvo la virtud de desanudar cualquier vínculo entre ambos al margen de la política. El superdotado y altivo Laurent Fabius adquirió notoriedad en la anterior campaña, por haberse preguntado "¿quién se quedará con los niños?" si Francia elegía a su primera presidenta. Pues bien, el juvenil primer ministro de Mitterrand ha redactado el programa económico del ganador.
Para combatir la tentación conciliadora de Hollande, los socialistas lo han colocado bajo la vigilancia del radical Arnaud Montebourg. Su papel recuerda al Camilo Cienfuegos que escoltaba a Fidel Castro cuando los revolucionarios entraron en La Habana. El líder cubano se giraba continuamente hacia su centinela, y le inquiría solícito: –¿Voy bien, Camilo?
Las esmeradas cautelas del entorno obligan a plantearse si en algún momento aflorará la verdadera personalidad del presidente, en caso de que disponga de una. Refugiarse en la energía de su compañera sentimental puede resultar contraproducente, a la vista de un Sarkozy definido por su agitada vida amorosa. Todo lo cual conduce a la conclusión de que se necesitaba un Mitterrand, pero no quedan. Se insiste en que la izquierda recupera el Elíseo después de 17 años, pero sería más apropiado hablar de las tres largas décadas transcurridas desde que Mitterrand accede al cargo en 1981, preludiando el triunfo de González en España. Hollande ha bordeado en su discurso la nacionalización bancaria, puesta en práctica por el único presidente socialista de la Quinta República.
La rutinaria sacralización de Mitterrand, Kohl, Thatcher o González omite que jamás se enfrentaron a un desastre económico como el actual, que quizás propiciaron. En la segunda vuelta se vota en urnas de doble fondo, por lo que tal vez el auténtico ganador sea el ultraderechista Frente Nacional, al haber logrado que sus militantes mantengan el compromiso del voto en blanco.

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