al azar

El periodismo y su doble

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MATÍAS VALLÉS La perfección de la interactividad conduce a un mundo sin espectadores. La fruición de un trabajo de creación, desde la magna sinfonía musical a la humilde crónica periodística, se acompañaba por el placer de desentenderse de ella una vez finalizada su degustación. Sin embargo, la sociedad de los escoliastas obliga al comentario. La pieza ha de ser diseccionada, juzgada, compartida y retransmitida. El autor inicial se ve ocultado por su difusor o agregador. La persona que ha sabido disfrutar de una película, o que ha detectado su falsedad insufrible, se impone a los participantes en su realización, aunque los clásicos ya dictaminaron que el libro lo reescribe quien lo lee. Los artistas denunciaban la dictadura de los críticos, media docena de ellos en una gran ciudad. Ahora reciben el impacto de cada una de las personas en contacto con su obra.

La agotadora exigencia de participar agrava la saturación informativa. Cuando el Rey se fractura la cadera matando elefantes en Botsuana, la edición digital de El País publica dos folios de información. A un ritmo vertiginoso, la escueta narración se ve tapizada por hasta tres mil comentarios que, atendiendo a exquisiteces fuera de lugar, no respetan ningún criterio de redacción periodística. El esfuerzo colectivo, en las lindes del comunismo, desmiente a quienes niegan la hipótesis de la solidaridad ciudadana. Las opiniones se superponen sin control alguno, sobre la treintena de líneas iniciales. Arrinconan a la información, la revisan o la anulan, no necesariamente después de haberla leído. Cuando un observador imparcial, aunque no quede ninguno, se conecta a la edición digital de un periódico, ¿busca la noticia confeccionada en sintonía con fastidiosos libros de estilo, o el batiburrillo efervescente en que el comentario número diez exigirá prisión para todos los protagonistas de la información, y el número cien optará directamente por la guillotina? Si la extensión de las aportaciones voluntarias multiplica por trescientos al incidente original, cuesta hablar de periodismo como disciplina reglada. Un estudio teórico debería calcular en qué momento el peso de las adiciones desborda la propuesta inicial y la deja irreconocible. Sin embargo, cualquier criterio de selección infringiría la aleatoriedad que permite el aluvión. El periodismo ha encontrado su doble.

En ningún momento se aboga aquí por la restricción o rescisión de comentarios, a fin de que resplandezca la información primitiva. Sería más realista suprimir la noticia de partida, una vez que ha naufragado en la amalgama de afluentes establecida por la contribución de sus lectores. No puede afirmarse sin más el virtuosismo de esta forma de reconstrucción de la realidad, porque hay demasiados casos de propietarios de restaurantes que encarecen la bondad de sus establecimientos en las páginas especializadas. Sin embargo, la calidad de un medio se mide en sus comentarios antes que en sus escritos, como si se produjera un proceso de decantación.

El ejemplo del rey elefanticida canaliza a las ediciones digitales como desagüe del malestar ciudadano. Se ha documentado en abundancia que internet exacerba la violencia, afortunadamente textual, de las personas implicadas en un debate. Es necesario analizar si, una vez culminado el desahogo sobre el teclado, mejora apreciablemente el bienestar del anónimo contribuyente. El símil inevitable conduce al oficinista –tal vez la profesión más pacífica desde la Creación– que menta en el estadio la madre del árbitro, una dama ante la que se quitaría cortésmente el sombrero si se la cruzara por la calle. La ansiedad por ascender de espectador o flâneur a testigo comprometido no se manifiesta exclusivamente con el arma tosca de la palabra. Si se comparan las escenas desgarradoras del entierro de Jomeini con las imágenes de los cristianos coptos asesinados recientemente en El Cairo, la principal diferencia no radica en el ataúd ni en los símbolos religiosos. En el caso más reciente, la mitad de los congregados enarbolan teléfonos móviles o cámaras digitales. No se resignan a presenciar un momento histórico, desean atrapar su prisma de la realidad para transmitirlo de inmediato en los foros pertinentes. Quieren compartir lo que no han visto, porque andaban demasiado ocupados retratándolo. La consolidación de estas opiniones es el primer ensayo de democracia instantánea, el big bang de una información regida por la ruleta de los valores bursátiles.

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