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fin de siglo

La escritura como antídoto

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JUAN JOSÉ MILLÁS No hay peor alergia que la que se manifiesta hacia el medicamento que necesitas. Y existe, existe este trastorno por el que el cuerpo rechaza aquello que precisa. Pueden ser antibióticos, vasodilatadores o compuestos contra la hipertensión, da lo mismo, no hay remedio farmacéutico en cuyo prospecto no aparezca la posibilidad del rechazo. El rechazo se presenta a veces en forma de óbito. Una inyección de penicilina puede matar tanto como la ingesta de una seta venenosa. Hablando de setas venenosas, no existe, que nosotros sepamos, la alergia inversa, es decir, aquel movimiento de los órganos que permitiría a alguien, de forma excepcional, tomarse un plato de amanita muscaria al ajillo sin dar con sus huesos en la mesa del forense. Las setas buenas pueden perjudicar a algún comensal aislado; las malas no benefician a nadie.

No hay peor alergia, decíamos, que la que se siente por lo que te hace falta, trátese de una medicina, un alimento o una persona. Hay gente que desama a quien le conviene y ama a quien la trata mal. Se puede hablar entonces de alergias morales. Hay quien siente alergia hacia su grupo familiar, aunque le trate bien, gente que no soporta ser querida como hay gente a la que le sienta mal el marisco. El centollo, del que se predican toda clase de bondades, provoca en algunas personas cuadros sintomáticos gravísimos, incluido el cierre de la glotis. Quiere decirse que el mundo está lleno de peligros físicos y peligros anímicos. A veces, cuando logras sortear los primeros te atacan los segundos, o viceversa.

Acudí hace poco a una conferencia en la que el orador hablaba de la alergia a la vida, pues hay también individuos alérgicos a la vida, así, en general. Se trata, decía el disertante, de una alergia que, sin matar, produce infinidad de síntomas que convierten la existencia en un infierno. Puso, como ejemplos de gente alérgica a la vida, a muchos poetas, a no pocos pintores y a algunos músicos. Yo, como hipocondríaco que soy, me sentí identificado también con esta alergia. La vida, en efecto, me provoca erupciones, prurito, insomnio y alteraciones gástricas. Combato todos y cada uno de esos síntomas escribiendo. La escritura como antídoto.

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