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la ciprea

Castigar a los aqueos (dedicado a los trabajadores del mundo)

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ELSA LÓPEZ Quidquid delirant reges, plectuntur Achivi, que en la lengua de los siervos significa literalmente que cada vez que los reyes deliran, se castiga a los aqueos. La frase es del poeta romano Horacio y me la remite Belén Molina, una espléndida periodista de investigación que mira debajo de las piedras hasta encontrar la verdad de lo que busca. Al leerla, he pensado en la similitud de los acontecimientos más recientes con otros que pertenecen a la historia o a la literatura nacida a su sombra y he recordado a mi profesor de latín que gustaba mucho de entretenernos con los textos de los clásicos.

Recuerdo de memoria párrafos enteros de Las Catilinarias y algunos pensamientos de Horacio escritos en el encerado de la clase por el señor Bara. Frases aburridas e inútiles para nuestras cabecitas adolescentes. Algunas de ellas eran llamativas y parecían responder a nuestros anhelos más recónditos, por lo que las anotábamos en la memoria y en las agendas escolares. También recuerdo a mi profesor de griego y sus comentarios sobre La Iliada y sobre Apolo favoreciendo a los troyanos y castigando a los aqueos con la peste.

A los aqueos los castigaban siempre. Pasara lo que pasara, siempre había algún dios cabreado o algún hijo o primo de Zeus emparentado con la realeza que clamaba venganza contra ellos. Aquello nos parecía realmente llamativo porque, a decir verdad, eran los reyes los que metían la pata con sus delirios de poder y extraños asuntos de entrepierna que les llevaban a liarse con unas y con otras conduciendo a los pobres aqueos a la guerra y a la muerte. Ahora pienso que una frase escrita hace siglos muy bien podría aplicarse a lo que sucede a nuestro alrededor en estos momentos.

Decir entonces que por los delirios de los reyes lloraban los aqueos es lo mismo que decir que por culpa de nuestros gobernantes hoy lloramos todos. Y yo, que soy muy clásica, añadiría a la lista de príncipes y reyes a banqueros y empresarios devoradores de carne humana. Es más, ilustraría los pasajes con las fotos en color de renombrados ciudadanos que han cometido expolios innumerables de bienes y patrimonios y aún se pasean tranquilamente por el campo de batalla contando los cadáveres que dejan a su paso mientras los dioses observan complacidos el resultado de tales rencillas.

Así las cosas, deduzco con Horacio que no nos queda otra que levantarnos y empezar a caminar sin escudos ni espadas ni cosa alguna que nos pueda devolver el honor ya perdido y lanzarnos de cabeza a las oscuras aguas de la desesperación.

Y mientras tanto, quieran nuestros antepasados que alguno de sus héroes se apiade de nosotros y venga a rescatarnos.

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