JUAN CRUZ RUIZ
Francisco Tomás y Valiente era un personaje enjuto, serio, y no era circunspecto, como otros profesores unamunianos, porque tenía un sentido del humor que luego descubrí también en su familia, mucho después, en sus hijos, Ana, Miguel, Francisco, y en su mujer, Carmen.
Entonces, a principios de 1995, el profesor, que había escrito un libro, me vino a ver porque había escrito un libro y entonces yo era editor, así que probablemente era la persona adecuada para orientarle. Le orienté, y acabé siendo quien publicó A orillas del Estado, su obra póstuma.
Para arreglar los últimos detalles editoriales (la portada, la presentación, las últimas correcciones...), quedamos a comer un día de aquel febrero. Lo invité al restaurante en el que había descubierto a uno de los grandes amigos de mi vida, Rafael Azcona, que fue, quizá, la persona más delicada que conocí en ese periodo de mi trabajo.
Y como ese restaurante, una arrocería en la calle Juan Bravo de Madrid, me había traído suerte en la amistad, ahí quedaba con los nuevos amigos. Hablamos largamente de sus ideas y de su experiencia; como catedrático de Derecho Constitucional ya dominaba un gran magisterio, y como constitucionalista había desarrollado, al frente del Tribunal Constitucional y en el Consejo de Estado, una tarea liberalizadora de leyes que terminaron siendo parte de la argamasa liberal de la todavía burbujeante democracia.
Tenía muchos proyectos, de libros, de vida; era un hombre tímido que hablaba a golpe de preguntas, pero en un momento determinado se soltó y entonces expuso su buen humor y su esperanza, que cifraba en ese momento, superada su etapa ciertamente intensa en el alto tribunal, en la dedicación a la escritura.
Nos despedimos con la esperanza de volvernos a ver muchas veces, probablemente en aquel mismo restaurante. Unos días después, por la mañana, una mano asesina lo descubrió en su despacho de la Universidad Autónoma de Madrid y le asestó un disparo que causó su muerte instantánea. Tenía 64 años. Fue especialmente dramático, brutal; el profesor Tomás y Valiente estaba hablando por teléfono con su colega Elías Díaz, autor, por cierto, de libros en los que también narró su experiencia a orillas del Estado. Esa coincidencia terrible, que seguramente ha sido un trauma para Elías, pues uno no puede concebir la huella psicológica que un hecho así te puede dejar en el alma, se junta en mi memoria con la misma noticia atroz del asesinato.
Así que frecuentemente me acuerdo de Francisco Tomás y Valiente; es un recuerdo que tiene que ver no sólo con la persona y su ejemplo, sino con este país diabólico al que él dedicó tanto esfuerzo, para contribuir a conducirlo en paz, en un momento en que parecía que ya se podían encarrilar los traumas en los que nos dejó la transición. Uno de sus traumas, el terrorismo, acabó con él, precisamente.
Lo asesinaron el 14 de febrero de 1996; este martes se cumple un nuevo aniversario de su desaparición. Y el Instituto de Cultura del Sur se acuerda de él cada año, como persona, como personaje y como institución; este año le han dado el premio que lleva el nombre del profesor a Iñaki Gabilondo, comunicador que ha hecho de la tolerancia radical (es decir, comprometida con lo noble, sin medias tintas) una manera de ser y de trabajar. Y fue Roberto Saviano, el escritor y periodista italiano amenazado por la Mafia, quien le hizo entrega del galardón. Un dúo de gran significación para subrayar un nombre tan inolvidable.
Fue catedrático en la Universidad de mi tierra, La Laguna; estuvo en Salamanca, como Unamuno, él que era tan unamuniano (pero tan tímido), y tuvo una larga carrera que ese 14 de febrero fue truncada por un tipo que se llama Jon Bienzobas Arreche, del Comando Madrid... Desde aquel día en que almorzamos juntos en la arrocería, para celebrar que iba a salir su libro, no volví durante años al mismo restaurante, como si quisiera que aquel recuerdo perviviera por encima de los accidentes posteriores de la vida... Y ahí está, aquel profesor bueno, intacto y vivo en mi memoria, hablando en la sobremesa, queriendo la vida como un proyecto o como un libro hermoso.