JOSÉ MARÍA NOGUEROL, PERIODISTA
Lo menospreciamos por principios, y ese, como cualquier menosprecio, es un estado de opinión equivocado.
Rajoy, sin presumir –es más, ocultando éxitos y magnificando fracasos– ha ganado terribles pugnas internas dentro de su partido, se ha presentado a tres elecciones generales, perdió dos y ganó, por mayoría absoluta, a la tercera, por omisión y errores inmensos del adversario, el PSOE, pero también por su estrategia taimada y calculada.
Ahora le toca gestionar un montón de problemas: nada es comparable a lo que se encontró Aznar en 1996, la solución de los problemas y los retos de 2012 no están encauzados, como lo estaban en 1996. Rajoy tiene todas las cartas en la mano, la baraja completa.
No es un fundamentalista de la derecha, es un gallego tranquilo, conservador de lo que se debe conservar pero consciente de lo que se debe de renovar, eso sí, "a modiño". Rajoy puede firmar el fin de ETA y todo lo que significa. Rajoy puede aliarse con extrañas parejas de baile europeas (Hollande, si gana, por ejemplo; como Felipe hizo con el alemán Helmut Kölh) para imprimir otro ritmo a la solución de la crisis y empezar juntos a poner en circulación euros públicos a montonadas como está haciendo Obama con los dólares en EEUU.
Rajoy puede contentar a su ala derecha más extrema el primer año –ya lo está haciendo– con gestos de cauterización sobre asuntos delicados para las conciencias de izquierdas (aborto, matrimonios homosexuales, educación para la ciudadanía, etcétera) que quemarán a sus ministros pero que no le rozarán a él ni un pelo y mantendrán a la caverna, a su caverna, más de tres millones de votos, alegre y faldicorta.
Sólo falta saber si don Mariano es consciente de todo ello, creo que sí.
En caso afirmativo, será uno de los mejores presidentes de la historia de este país y uno de los que más tiempo permanezcan en el cargo.
Toca observar.