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tribuna abierta

Meridiano del universo Víctor Álamo

Cuando me adentré chapaleando en Mareas y marmullos descubrí una mar salpicada por diecisiete islas y me propuse asaltar el barco de la lectura y arribar a cada puerto siguiendo la carta de navegación cortaziana

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FELICIDAD BATISTA Cada relato es una isla continente emergida en diferentes etapas. Sin embargo, el lector encuentra un archipiélago Víctor Álamo compacto, una geografía común aunque con matices diferenciadores. Esa argamasa transparente que los une, comporta un trabajo de mar de fondo intenso. La maravilla de este ingenio literario, esta ausencia de textura apergaminada y gastada, es el resultado de un pormenorizado oficio. Los textos nos llegan poblados de personajes, de historias sacadas de los barrancos, de las mareas, de las voces marmulleantes –empleando un victorlogismo–, de la abuela Marina Jacobina, de cada uno de los habitantes del mundo de la Isla Menor que brillan bajo la luz del sol o al candil de la luna. Entre el drama cotidiano y la tragedia de vivir. El lector lee con fluidez y apasionamiento, con ansia o curiosidad incursionando en el interior de los relatos como si acabaran de emerger a las páginas. Las huellas del escritor están por todas partes pero son invisibles. Disfrutamos como lectores glotones del resultado final. Víctor Álamo está apostado detrás de cada renglón, se siente en el estilo, en el lenguaje, en los escenarios, pero no se le ve. Ahí radica una de las claves de la calidad de esta colección de historias breves. A pesar de sus dos décadas de gestación se lee y se percibe como una obra recién sacada de la tinta del escritor.

Mareas y marmullos más que condensar las cinco novelas del autor, refleja, ahonda, reflexiona, ilumina y es complementario a lo publicado hasta hoy. William Faulkner aconsejaba Sartoris a los que se acercaran por primera vez a su novelística porque ahí se resumían todos los aspectos de su universo literario. En ese sentido, este libro de relatos es una especie de manual, de guía para excursionistas que exploran por primera vez la Isla Menor, sus grutas, sus mareas brujas, sus barrancos y acantilados, que van a entrar en Masilva y Rijalbo o la Restinga, que serán testigos de caídas entre las tuneras, del erotismo candente en cuevas, a la sombra de las higueras, en el tupido bosque de pinos. Y para los ya experimentados en sus novelas, supone un espacio para rememorar, recrear, de reencuentro con Celedonia Jesús, Campiro o el párroco don Benito. En definitiva, beber en las fuentes de aquellas lecturas que tanto les conmovieron y que refleja buena parte de su producción literaria.

La iconografía literaria de Víctor Álamo, se despliega en diecisiete historias construidas y edificadas por personajes raíces, personajes que como la tabaiba, la sabina, las tuneras, las aulagas o los tilos, son endémicos del territorio imaginario que los rodea, los condiciona, los moldea, los exilia o los condena. Sus vicisitudes están contenidas en cada relato pero todos son habitantes de la isla nadie, de la isla cárcel. La Isla Menor le da sentido y unidad pero no es el único elemento.

Hollywood distribuyó la imagen del escritor arrebolado, de cabellera revuelta, desangrando sudor sobre el teclado de una Underwood, destilando la inspiración repentina en noches de insomnio y whisky. La realidad es más prosaica. Víctor Álamo trabaja el lenguaje como el tallador de diamantes. Pule, abrillanta, imprime cadencia a las frases, compone esa musicalidad tan propia de la poesía y que el autor engasta en el discurso narrativo. Transforma y crea nuevas palabras o victorlogismos, es decir, términos que como sus personajes o sus entornos volcánicos, agrestes o quemados por la sal y la sed, adquieren naturaleza propia como marmullos o ferrumbrosidad en El año de la seca. La ironía y el humor inteligente son pilares fundamentales en su literatura. La sonrisa no solo se produce en el momento de la lectura sino que horas o días después, mientras caminamos por una calle, conducimos o tomamos un café, y nos asaltan pasajes del libro la sonrisa retorna en la simbiosis de las palabras escritas y las imágenes resultantes. Estas que el autor construye, sostiene y proyecta y que configuran un fresco amplio y poliédrico de la historia. Basta recordar en Catalina Prieto, mística a los bimbaches bajando de la Cumbre a nutrirse a la costa y el primer plano de la expresión de sus rostros al toparse con un portentoso crucifijo de madera clavado en la playa. Tremenda aparición, remacha el autor.

Víctor Álamo como los buenos escritores que se adelantan a su época diseñó el fin de la Isla Menor, la naturaleza tan acorde a los tiempos actuales que ignora los derechos de autor, lo plagió y desencadenó un caos de tremores, movimientos sísmicos y expulsiones de magma submarinas que cimbrean a la isla de El Hierro. El escritor la reducirá a la nada, pero aunque despeñe este universo, le ocurrirá como a Bruno el farero de Orchilla que a pesar de precipitarse por el acantilado, sigue de centinela en su Faro. El mundo literario de la Isla Menor no desaparecerá, tan solo se mudará serenamente al Mar de las Calmas de las novelas y de este libros de relatos en el que siempre podremos sumergirnos.

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