ÁNXEL VENCE
Cuando más se quejaban los cineastas por la ruina del cine español, el detective Torrente ha venido a barrer a todos sus competidores en la taquilla con una comedia –o así– a la que no falta ninguno de los ingredientes de la España actual. Más de un millón de espectadores en su estreno dan fe numérica del prodigio y demuestran que el cine made in Spain tiene también su clientela, a condición de que sea decididamente español y sin complejos. Es decir: basto, con la adecuada dosis de grasa y un buen surtido de personajes extraídos de los programas de telecotilleo que tan exactamente representan el imaginario colectivo de este país. Segura, gran conocedor de la sociedad española, no dejó fuera de reparto en la cuarta entrega de su serie a casi ninguno de los símbolos de la actual Celtiberia: desde la Princesa del Pueblo Belén Esteban al debutante Paquirrín, toda una revelación como actor que desciende, además, de una hispanísima cepa de folclóricas y toreros. Actúan también en la cinta Tony Leblanc y Fernando Esteso, guiño nostálgico a las exitosas comedias de otras épocas, y completa el elenco toda una tropa de figurantes habituales en la tele y la prensa del corazón. El resultado es un dislate que hará reír a muchos y tal vez invite a otros a torcer el gesto; pero eso poco importa. Guste o no, lo que nadie podrá negar es que se trata de un éxito que devuelve al cine español a los viejos buenos tiempos de las españoladas: aquellas películas que, a pesar de su calidad más bien dudosa, gozaban de la rara propiedad de llenar patios de butacas y gallineros. Dolidos por el tirón de Torrente entre el público, los puristas dirán que se trata de un género menor al que le sobran chocarrerías en la misma medida que le falta delicadeza de ingenio. Tampoco hay por qué ponerse estupendos. En realidad, la exitosa serie urdida por Santiago Segura podría entroncar, bien que de modo involuntario, con el teatro del esperpento del mismísimo Valle Inclán. Si don Ramón, el de las barbas de chivo, se inspiró en los espejos cóncavos y convexos del Callejón del Gato para hacer un retrato grotesco –pero muy exacto– de la sociedad española de su época, otro tanto podría decirse del filme por el que desfilan Belén Esteban, Paquirrín y otros representantes del moderno esperpento español. Después de todo, el esperpento consiste en deformar la realidad para mejor contarla. Tradición no le falta al cine español en este dominio. Bastante más sutil que Segura, el maestro Luis García Berlanga había mezclado ya humor negro y esperpento en El verdugo: aquella historia realista a fuerza de inverosímil que bajo su apariencia humorística era una caricatura dulcemente feroz de la España de entonces. Lo entendió muy bien el que luego sería ministro de Propaganda, Alfredo Sánchez Bella, al calificar la película de "panfleto político increíble, no contra el régimen, sino contra toda la sociedad española, a la que somete a una inacabable crítica caricaturesca". Aunque fuese inconsciente, no puede hacerse mejor elogio que ése a la fuerza revolucionaria del esperpento. Sería absurdo –y poco respetuoso– comparar la obra maestra de Berlanga con el derroche de tosquedades de Torrente: cosa que, por otra parte, no habrá de entrar dentro de los propósitos de Segura. Tampoco parece justo negarle al padre del popular detective del Atleti el mérito de haber recuperado al gran público para el cine español en estos tiempos de tribulación financiera que afligen a la industria. Cuestión distinta es que a alguien pueda desagradar la imagen algo esperpéntica de España que se desprende de la película de Segura; pero la realidad es la que es, aunque queramos vernos más guapos. Ya lo dijo Quevedo hace unos cuantos siglos: "Arrojar la cara importa, que el espejo no hay por qué". Aunque sea uno de aquellos espejos deformantes del Callejón del Gato.