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tribuna abierta

En el umbral de la incompetencia

Cualquier observador imparcial de la realidad se habrá encontrado alguna vez con una situación parecida a esta...

 14:52  

POLICARPO FANDOS PÉREZ, ECONOMISTA Y PSICÓLOGO Cualquier observador imparcial de la realidad se habrá encontrado alguna vez con una situación parecida a esta: surge un problema cuya solución escapa a nuestra capacidad para resolverlo; solicitamos la ayuda de un experto y la conclusión es que después de su intervención tenemos dos o más, porque el primero quedó peor de lo que estaba, se generaron otros nuevos y además tuvimos que pagar una factura desorbitada.

No quisiera contradecirme cuando defiendo que de un profesional sólo cabe una respuesta profesional (valga la redundancia) y por supuesto satisfactoria. Así debería ser, pero no es menos cierto que la vida nos enfrenta a experiencias que se oponen a tan buenos presagios. Desgraciadamente, en nuestro entorno vemos quizás demasiados casos de malas prácticas.

A Laurence J. Peter (en la década de los 60, del siglo pasado) le atribuyen el descubrimiento del Principio que lleva su apellido, según el cual "en una jerarquía todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia". Centraba sus análisis en el seno de las empresas, pero nada impide que podamos trascender a otros ámbitos, porque la ambición que lleva a las personas a aceptar cargos o misiones para los que no están preparadas no es una novedad, como tampoco patrimonio de dichas entidades, ni siquiera del sector privado, por supuesto. Con algunos años de anticipación, Ortega y Gasset hizo suya otra reflexión parecida: "todos los empleados públicos deberían descender a su grado inmediato inferior, porque han sido ascendidos hasta volverse incompetentes"; al parecer llegó a tal conclusión influido por situaciones que había vivido en Argentina y que seguramente podríamos extrapolar.

Sea como fuere, creo que estaríamos de acuerdo en que esta cuestión no es baladí, especialmente cuando nos vemos afectados por decisiones importantes que pueden y son adoptadas por incompetentes; por ejemplo, pensar –bajo este criterio– en la acción política o en el sector sanitario, para no ir más lejos, no deja de ser inquietante. Todo el mundo puede equivocarse, es humano, lo dramático es que algunos no sepan o no quieran aceptarlo, para corregir de inmediato, y persistan en el error.

Que una persona destaque y lo haga de una forma indiscutible en una disciplina no significa que también lo pueda hacer en otra distinta. Es más, en el campo de la gestión directiva está acreditado que la posesión de magníficos expedientes académicos no son una garantía de éxito, entre otras razones, porque existen otros factores relacionados que son más decisivos, como la inteligencia emocional. Y además, aunque nuestras capacidades sean muy elásticas tampoco son ilimitadas. Para que ningún contemporáneo se pueda dar por aludido, citaré dos casos paradigmáticos protagonizados por sendos e ilustres filósofos de la Antigua Grecia: Platón y Sócrates; el primero fue convertido a esclavo cuando aspiraba a ser gobernante y el segundo fue condenado a muerte, cuando quiso actuar como abogado defensor en su propia causa; de todas formas, ambos sufrieron las consecuencias de forma directa, sin afectar a terceros.

Con estos comentarios pretendo llamar la atención respecto de la necesidad de ser rigurosos a la hora de contratar los servicios de un profesional y especialmente en la selección de quienes van a desempeñar puestos de cierto relieve en todo tipo de organizaciones. Mi propósito es animar a que se profundice en el conocimiento de cada cual, en sus actitudes y aptitudes, para determinar sus "puntos fuertes" que, en todo caso, serán los que ayuden realmente a materializar las mejores aspiraciones. Esta es una tarea individual, pero también de los que tienen mayores responsabilidades a nivel directivo, repito, en cualquier tipo de organización.

Reconozco que no es fácil establecer el umbral del nivel de competencia o incompetencia de cada cual (también dependerá de qué lado nos coloquemos), pero será más difícil y costoso si no admitimos que tal límite existe, aunque no sea infranqueable; por cierto, todos lo tenemos.

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