la ciprea

El calvario de La Virgen de Las Nieves

Bajó feliz por la cuesta de El Planto rodeada de miles de palmeros que llegaron de todas partes para acompañarla desde su ermita a la ciudad

28.07.2010 | 15:54

En La Encarnación siguió regocijada su camino entre muestras de afecto y aunque le pareció algo raro el comportamiento de uno de los marineros que cargaba el cañón de su nave ataviado con bermudas a cuadros, pensó que el calor era mucho y el disfraz algo pesado, y perdonó tal ofensa. Llegó a la iglesia de El Salvador y aguantó sonriendo la música de tropa y el repique de campanas y pensó que gracias a Dios no andaban por allí los bailadores de El Hierro que el día de la romería le pusieron la cabeza loca que desatino pareciole que le bailaran tanto a su trono que Ella con los enanos y dos o tres cosillas más ya tenía fiesta de sobra. Desde la iglesia matriz oyó pasar los tambores y la risa de los niños en la plaza. Mal llevaba lo de las batucadas, las casetas de la Avenida, la música carnavalera, y esos conciertos dedicados a solazar a los más jóvenes, pero se iba acostumbrando. El domingo 25 la sacaron en procesión.

Solícita accedió a este nuevo paseo aunque ella hubiera preferido quedarse en casa recibiendo a aquellos que querían de verdad visitarla. Y aguantó la misa y la fanfarria que rodea tales actos propios del querer aparentar lo que no se es. Y aguantó de nuevo tambores y trompetas y se encantó al ver los niños en la plaza pese a que observó las ordenes que recibían de cuándo y cómo debían aplaudirla. Y no le gustó. Como no le gustó salir en procesión por las calles vacías, desangeladas y tristes de la ciudad que tanto amaba.

Y cuando llegó a Santo Domingo le dio un vuelco el corazón. Aquella plaza que en otros tiempos era parte de su gloria estaba semivacía; una muralla de chapas metálicas cerraba el camino a la comitiva y un escenario de mala muerte se abría para dar paso a vaya usted a saber qué suerte de atracciones de feriantes y malandrines. ¿Dónde estaban las loas y las funciones en su honor? ¿Dónde los coros que entonaban cantos en su nombre? ¿Dónde la luz? En las escalinatas solo un montón de niños dirigidos por un ejército de chalecos verdes y una treintena de fieles silenciosos. Ya no era un ir y venir por las calles y plazas de una ciudad que en otro tiempo luciera mantones y banderas, rostros felices, vítores y cestas de pétalos a su paso. La miré. Me miró. Y supe que su alegría del día 17 se había convertido en un auténtico calvario.

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