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la ciprea

Las hormigas

A mi me gusta sentarme en la cocina, descansar las manos en el fondo del delantal y ver pasar las hormigas, una detrás de otra, por encima del muro del fregadero

 13:30  

ELSA LÓPEZ Son tristes las hormigas. No sé bien porqué digo esto, pero, realmente, me parecen muy, pero que muy, tristes las hormigas. Siempre ahí, ordenadas en fila india, obedientes y sumisas, trabajando sin tregua, cargando migas enormes de pan sobre sus pequeños lomos. Tan organizadas, tan medidas, tan calculadas. Y sin un sobresalto. A veces les cambio el rumbo y las desvío con un dedo a ver qué hacen; y las veo desconcertadas, moviéndose en círculos o corriendo despavoridas de un lado a otro, como locas, hasta que vuelven a recuperar el paso y el compás de sus vidas. Y me entran ganas de llorar y pienso si mi tristeza no se deberá a la pena que siento al verlas tan bien organizadas, tan esclavas de su condición de hormigas sin posibilidad ninguna de cambio.

Luego me viene a la cabeza el alboroto de las cigarras tan denostadas por la literatura y los fabulistas de turno; tan denigradas en su alegría y tan propensas al escándalo por culpa de sus vidas llenas de novedades y cantos. Me entra un raro cosquilleo y noto cierta inclinación hacia ellas; como ganas de destrozar el mensaje moral de los esopos de turno. Luego recapacito y me imagino el mundo lleno de cigarras tan poco previsoras, tan llenas de alegría en primavera y tan heladas cuando llega el invierno y esa visión catastrofista me hace poner en duda su buena condición social y apreciar en ellas su falta de solidaridad con los animales de otras especies; su escasa disposición a la hora de echar una mano principalmente a las hormigas siempre laboriosas en sus tareas sin fin, y me entran toda clase de zozobras y una rara inquietud ante la llegada de nuevas explosiones solares, tormentas y vendavales sin fin que los meteorólogos anuncian para el próximo otoño. Es entonces cuando decido dejar de sonreír y ponerme a hacer los deberes como si yo fuera una hormiga laboriosa y concienzuda. Y lo consigo. Soy obediente, ordenada, meticulosa y previsora. Y, llena de disciplina, me comporto como una ciudadana cualquiera y, como hacen ellas, arreglo los tejados de mi casa para preservarla de las tormentas, recuento mis ahorros, bajo el dobladillo de mis faldas, y me peino, me visto, hablo, leo y discuto como mandan los cánones. Una hormiguita más. Pero pasados unos días, llegado el momento de la contemplación atenta de sus vidas, las vuelvo a ver sin riesgos, sin desventuras posibles, y pienso que no, que les den a las hormigas. Y me pongo a cantar.

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