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Al azar

Alberto de Mónaco se casa por las matemáticas

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MATÍAS VALLÉS Alberto de Mónaco nació como hijo de Grace Kelly –Kelly significa Ortiz en inglés–, y ha evolucionado a retoño de Rainiero de Mónaco. El anuncio de la boda del príncipe monegasco, cuando por fin ha encontrado una mujer con los hombros más anchos que él, reafirma la sumisión de su trayectoria sentimental a una ley matemática. Esta norma machista decreta que la diferencia de edad ideal en una pareja se obtiene dividiendo la edad del varón por dos, y sumándole siete años. Para un hombre de 40, una dama de 27. A los 50, una esposa de 32. La fornida nadadora Charlene Wittstock se ajusta prácticamente a la regla, pues se halla en la mitad más seis de su prometido.

Antes de insistir con el principado de opereta, celebremos que la infame regla haya sido invertida en su beneficio por la estirpe de Demi Moore. Cuando la protagonista de Ghost se casó con Ashton Kutcher, ella tenía 43 años, por 27 de su marido. La mitad más seis, dentro del rango investigado. Pese a la igualadora labor de las felinas mujeres cougar con apetito por la carne fresca, la regla matemática beneficia mayoritariamente a hombres poderosos. Su aplicación a rajatabla obligaría a una mujer de 55 años a asociarse con un centenario. O más.
Alberto de Mónaco se adhiere estrictamente a las matemáticas sentimentales. Entre sus efímeras conquistadoras figuran Brooke Shields, Naomi Campbell, Claudia Schiffer o Gwyneth Paltrow, con la particularidad de que entonces se encontraban en el margen de la mitad más siete. Y sólo mencionamos a las celebridades. En consonancia con su personalidad robótica, el corazón del príncipe solo se estremece si su pareja tiene la edad prescrita. Wittstock cuenta con la ventaja adicional de ser Grace Kelly con biceps.

Las víctimas de la mitad más siete se consuelan de su sacrificio con la expectativa de unas décadas de solaz, tras la extinción de sus maridos. Durante ese tiempo, podrán perseguir a jóvenes galanes con las rentas del matrimonio, equilibrando así la ley injusta.
Compadezcamos también a quienes, como Alberto de Mónaco, han de consultar la edad de sus parejas antes de aceptarlas. La elegida que hoy cumple los parámetros, se desenganchará de ellos así que pasen unos años. El pacto fáustico ha de renovarse continuamente, un estrés que acentúa el envejecimiento de sus firmantes.