La canción del verano

El sueño de Doña Alda

16.07.2010 | 04:42

He aquí uno de los más antiguos romances que se conocen, derivado de la Chanson de Roland y de un primitivo canto de gesta español

Según Meléndez Pelayo es "una joya de nuestra poesía popular", juicio compartido por Menéndez Pidal y numerosos especialistas nacionales y extranjeros. Así llega a decir Grimm que "falta a los romances españoles fuerza de expresión, viveza en el introito y la vicisitud de movimiento que se manifiestan en las poesías populares inglesas, alemanas o escandinavas; pero, en cambio, son todos simples, algunos dulcísimos, y dudo a cuáles hayamos de dar preferencia, si a los mejores de estos pueblos del Norte o a muchos de los castellanos, como los de Doña Alda, la Infantina o Gaiferos, dada su hermosura y delicadeza".

A pesar de ello, algunos críticos se limitan a analizarlo bajo la superficial pertenencia al denominado ciclo , y tratan de despacharlo con un análisis simplista que ha desembocado en un pernicioso tópico: "Este romance cuenta el sueño présago de la esposa de Roldán y su muerte súbita, al conocer que éste ha muerto en la batalla de Roncesvalles". Tan condensado argumento no nos vale para descifrar las múltiples incógnitas que plantea este romance, tan del agrado de Ramón Menéndez Pidal, que fue capaz de descomponerlo pieza a pieza, hasta ofrecer el más completo diagnóstico que se haya realizado sobre Doña Alda.

Don Ramón llega a demostrar de forma convincente que este romance –que él considera como poema español– entronca, no con el Roland francés de finales del siglo XI o comienzos del XII, sino con la refundición rimada hecha durante el último tercio del XII. Y justifica su análisis con las siguientes razones:

La refundición presenta derivaciones del texto primitivo: Carlomagno, al dar la noticia de la muerte de Roldán, causa la muerte de Alda. Tras largas escenas dilatadas, el emperador quiere ocultar la fatal noticia, con piadosas ficciones. Luego, Alda hace el relato de un complicado sueño, présago de desgracias para ella, para Roldán, para Carlomagno, con simbolismos de un halcón, un águila, veinte osos, una negra nube... Un sueño que el sabio clérigo Amaugis tuerce en su interpretación, dándole un sentido favorable para así consolar a Alda. El sueño, pues, no es invención de un romancista del siglo XV, sino que depende de la antigua tradición francesa, y también de la española.

Menéndez Pidal estima que en lugar de atribuirle la invención a un único autor, debemos considerar como muy probable un proceso de selección y elaboración de materiales preexistentes, en el cual cooperaron los juglares que trasmitieron el Roncesvalles desde el siglo XIII, más la tradición oral que difundió el fragmento épico o el romance hasta la publicación de éste en el siglo XVI.

En consecuencia, el juglar de Roncesvalles fue el que salvó la mayor parte de la enorme distancia que media entre el Roland refundido y el romance. El juglar español –presume Menéndez Pidal- sería el que sustituyó al clérigo Amaugis por el personaje femenino que intenta descifrar el sueño présago a la protagonista.

Al ver que en el Roland primitivo no existía sueño alguno, varios especialistas del Romancero creyeron que el presagio del sueño de Alda equivalía al de Penélope, en La Odisea; una feliz invención del romancista que, en el siglo XV, había compuesto esta pequeña joya tras una sucesión de continuidad con las leyendas carolingias, olvidadas ya en el XIII. De ahí la rotunda afirmación de Menéndez Pidal: "El romance de Doña Alda es buena muestra de cómo todo progreso en la investigación va descubriendo nuevos textos, que vienen a ser a modo de eslabones necesarios para poder reconstruir la cadena de la tradición, de la que se han perdido varios anillos".

De ahí que autores, como Milá, no duden en considerar el romance de La muerte de Alda como superior a su modelo, que no es otro que la famosa Chanson de Roland, aunque sea imposible defender el carácter unitario, dados los siglos que han transcurrido hasta la divulgación de las versiones actuales, que sólo nos ofrecen leves pistas respecto de algunas partes desprendidas de los originales antiguos.

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