tribuna abierta

Banderas al viento

La tendencia a la hipérbole que caracteriza estos tiempos ha llevado a que la noticia de la consecución del mundial de fútbol haya ocupado las planas de los diarios...

14.07.2010 | 14:42

La tendencia a la hipérbole que caracteriza estos tiempos ha llevado a que la noticia de la consecución del mundial de fútbol haya ocupado las planas de los diarios como si se tratase del acontecimiento más importante de toda la historia de España. Pero, por una vez, tal vez los periódicos hayan tenido razón. No recuerdo ninguna otra oportunidad desde que se restauró en nuestro país la democracia en la que el fervor patriótico se haya desatado de esa forma. De hecho, los extranjeros suelen comentar el hecho curioso de que España sea el único país del mundo, o casi, que trata con vergüenza su bandera. Ya sea porque la rojigualda fue el emblema de sólo de uno de los dos bandos durante la Guerra Civil, o porque los españoles no logramos ponernos de acuerdo respecto de la cantidad de naciones –cada una con su propia bandera– que caben en el Estado, lo cierto es que era muy común considerar de mal gusto, o incluso como un gesto propio de la ideología cuasifascista, eso de hacer alarde en el ámbito doméstico de la bandera (que es, por cierto, la enseña constitucional).

Hasta que el fútbol cambió las cosas. Balcones, terrazas y coches han exhibido durante el mundial de Sudáfrica semejante profusión de banderas que, por unas semanas, parecíamos un país tan patriótico como cualquier otro. Es curioso que ese episodio haya coincidido con la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut catalán, criticada de manera acerba hasta desembocar en la manifestación de Barcelona. Final del mundial y protesta nacionalista catalana se sucedieron en un lapso de tiempo lo bastante breve como para que quepa comparar el eco de ambos acontecimientos de fervor popular. Es pronto para saber cuál de los dos dejará más poso y, desde luego, sus condiciones particulares obligan a matizar las equiparaciones pero hablábamos de las banderas y del sentimiento que expresa el ondearlas. Incluso el diario Avui, de cuyo sentido respecto del nacionalismo no puede dudarse, se enorgullecía diciendo que la selección española se había disfrazado del Barça. Un comentario bien significativo; hasta ahora, semejante travestismo tenía que considerarse imposible de raíz.

El mundial no arreglará ninguno de los problemas bien serios que tiene planteado el reino de España por culpa de las ambigüedades necesarias con las que hubo que transigir para poder pasar sin traumas desde la dictadura al Estado de las autonomías. Pero ha puesto una semilla de duda en la apreciación generalizada de que nuestro país carece de sentimientos unitarios. El deporte ha demostrado que existen. Y quien crea que las emociones derivadas de lo que pasa en los campos de fútbol son despreciables en términos políticos no se ha enterado de la película. Igual el 11 de julio ha sido con toda legitimidad un día histórico pese a que esté por demostrar de qué manera ese embrión del despliegue de las banderas puede tener algún futuro más allá de la pasión desatada por Casillas y sus compadres.

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