Editorial

Apliquemos el ejemplo

En ocasiones, un acontecimiento singular –en este caso, glorioso– sublima las tendencias sociales y radiografía las expresiones de un país

14.07.2010 | 14:41

Es lo que ha sucedido con el apoteósico triunfo de la selección española en el Mundial de Sudáfrica. Una victoria envuelta en un esperado fenómeno sociológico que ha enviado múltiples señales a los políticos y a las élites españolas. Prejuicios arraigados, como la apropiación simbólica de la bandera nacional desde nostalgias añejas, o el apelativo de La Roja, que aún posee matices guerracivilistas, se han difuminado estos días en el mar de la normalidad. Canarias no ha sido ajena al fenómeno de revalorización de la enseña rojigualda que ha generado como efecto colateral la victoria de la selección española. Así, espontáneamente exhibida por los ciudadanos, la bandera española ha ondeado profusamente en diferentes formatos en ventanas, balcones, vehículos y camisetas, como síntoma de la identificación nacional expresamente declarada estos días por miles de isleños que se proclaman tan orgullosos de su canariedad como de su pertenencia a la nación española.

La misma composición del equipo dirigido por Del Bosque, con jugadores catalanes, madrileños, canarios, castellanos, asturianos, vascos o andaluces, ha constituido un enaltecimiento de la España plural y enriquecedora, toda vez que el propio entrenador ha huido de los sangrantes pleitos territoriales, entendiendo que la identidad de los clubes de fútbol y sus espacios referenciales desaparecían para elevarse en una nueva: la de la selección española. Un grupo de gente humilde, sencilla, normal, competente y competitiva, en el que se ha visto reflejado el conjunto de España en una eficaz simbiosis, como si formara parte del mismo cuerpo común. En ese contexto, el grancanario David Silva y el tinerfeño Pedrito le han puesto cara a la contribución canaria a una colosal gesta deportiva como la victoria española en el Mundial.

La correspondencia ha sido posible porque el equipo no hacía sino transmitir esos valores, recíprocos en los ciudadanos españoles. El ajuste, pues, ha sido perfecto. Es sustancial afianzar y prorrogar esa lección de armonía tanto en el encaje nacional –el orgullo de formar parte de un mismo país respetando sus diferencias y peculiaridades– como desde el ámbito de las actitudes personales –Del Bosque y sus jugadores han impartido numerosas enseñanzas– a fin de dar la batalla para la recuperación de un país en el que la excelencia en el deporte se ha de complementar con el rescate de otras parcelas vitales. Porque no estaría de más –hablando de competitividades en el orden mundial– detenerse en el estado en el que se halla la universidad española, vivo reflejo de un viejo país ineficiente, invocando a Gil de Biedma. Y la universidad es una de las arterias sociales, termómetro de los desafíos actuales. Sobresalientes en el deporte, apliquemos el ejemplo ahora a otras esferas.

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