Tribuna política

De agravios y exaltaciones

Lo mismo que al individuo le ocurre al Estado: que sólo "recordando" su propia genealogía puede así alcanzar cierta legitimidad...

14.07.2010 | 14:41

Lo mismo que al individuo le ocurre al Estado: que sólo "recordando" su propia genealogía, es decir, recuperando los ingredientes que en cada época han ido configurando las formas de pertenencia política, sólo así puede alcanzar cierta legitimidad y coherencia".
(Xavier Rubert de Ventós)

Tarde del sábado pendiente de lo que sucedía en las calles de Barcelona. No sé si el número de manifestantes superó las previsiones de los más optimistas, pero, desde luego, fue histórica. Como escribió Enric Juliana con la agudeza que lo caracteriza, el gentío vino a ocupar una Castellana y media de Madrid. Lo cierto es que, a pesar de las continuas disputas que hubo entre los convocantes, la respuesta de la sociedad catalana contra los recortes del Estatuto tras la sentencia del Tribunal Constitucional fue contundente. Lo cierto es que a la ciudadanía catalana le sobran los motivos para sentirse agraviada, si bien, a la hora de exigir responsabilidades, nadie, empezando por los partidos convocantes, se merece salir exonerado. Y es que el origen del problema no está en la sentencia que tanto tardó en dictarse, sino un paso previo que ni se supo, ni se quiso, ni tal vez se pudo dar, como era reformar la Constitución. Cualquier análisis sobre el estado de la cuestión debe empezar por ahí.

Cuando Zapatero llega al Gobierno, hay dos circunstancias que no se pueden perder de vista. En primer término, la crispación que generó Aznar en Cataluña tras haber pactado con CiU en su primera legislatura. Y, en segundo lugar, recuérdese que con el actual Presidente, no sólo cambió el partido político al que le tocaba gobernar España, sino que además llegaba al poder otra generación. Y es en ese momento cuando se empieza a cuestionar la transición y, con ello, el modelo territorial. Tal circunstancia la tiene en cuenta Maragall para la elaboración de un nuevo Estatuto obligado a diferenciarse, según sus planteamientos, muy claramente del resto de las comunidades autónomas, máxime teniendo en cuenta que el traspaso de competencias en las autonomías sin tradición nacionalista estaba ya concluyendo en la mayoría de los casos. Lo que en realidad volvía a ponerse sobre la mesa era un viejo debate, es decir, si la configuración territorial de España seguiría basándose en el famoso "café para todos" de Clavero Arévalo, o si a las llamadas comunidades históricas les había llegado el momento de articular una relación con el Estado donde se acrecentase, por decirlo así, su "hecho diferencial".

Con todo el derecho del mundo, podemos preguntarnos si era necesario un nuevo Estatuto para Cataluña, pero el hecho es que se elaboró, que lo aprobaron los Parlamentos de Cataluña y España y que la sociedad catalana lo refrendó en un plebiscito. Alguien tendría que explicar, especialmente el PSOE, por qué se aprueba algo que no tiene encaje con la Constitución, si no hay voluntad ni posibilidad de reformarla. No es de extrañar en absoluto que se sienta frustración en Cataluña.

Y hay otro asunto que pone de relieve el fuerte deterioro que sufre nuestra vida pública. A poco que se haya seguido en la prensa el largo proceso del recurso del PP ante el Constitucional, se habrá constatado, en primer término, el desprestigio que para el mundo judicial supone que los magistrados del TC estén etiquetados políticamente, y que, además, no se haya producido la renovación de sus miembros por falta de acuerdo entre los grandes partidos. ¿Hace falta ser muy inteligente para caer en la cuenta del descrédito que esto supone, del desánimo que esto causa en la sociedad? Y, por si todo ello fuese poco, no ayudó mucho que el TC tardase tanto en dictar su sentencia, cuando trascendía que el acuerdo no se alcanzaba.

¿Y qué decir de Zapatero? ¿No es consciente este señor de la responsabilidad que tiene en el malestar que se vive en Cataluña? ¿Cómo puede pasar, casi sin despeinarse, de ser uno de los máximos valedores del Estatuto a desentenderse tras la sentencia que lo recorta significativamente?

Se abre un horizonte de incertidumbres, máxime porque lo que toca es operar con guantes de seda, porque lo que esto demanda es que haya una renovación política que vaya, antes que nada, en busca de una credibilidad perdida. Y mucho me temo que, tanto los políticos españoles como los catalanes, no están en su mayor parte a la altura de las circunstancias. No saben ni los unos ni los otros ir más allá del apaño.

Y, por otra parte, al día siguiente de que Cataluña manifestase su descontento y frustración, se produce un acontecimiento deportivo que llena el país de entusiasmo, que desborda la alegría de las gentes, y en ese acontecimiento colaboraron de forma decisiva futbolistas catalanes. Y es que, a pesar de todo, necesitamos seguir creyendo que ese sugestivo proyecto de vida en común es posible en una España plural y diversa. Lo que hace falta es la existencia de una vida pública con mayor amplitud de miras y menor mediocridad. Hemos llegado demasiado lejos en un bipartidismo cada vez más bronco, en una sociedad donde los grandes ámbitos están contaminados por la politiquería más rastrera. Y la vertebración territorial de este país no está resuelta, lo que no quiere decir que sea irresoluble per se.

Toca una vez más reinventar este país, un país que está eufórico por el triunfo de su selección de fútbol y que está harto de sus políticos, que no hacen más que insultar a la inteligencia de todos comportándose como una casta privilegiada ante una ciudadanía a la que están a punto de arruinar. Esta noche de domingo, España es una fiesta, gracias, entre otras cosas, a una pluralidad que en el deporte parece articularse mejor que en la política, lo que no deja de ser, con todas las cautelas que se quiera, esperanzador.

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