La ciprea

El milagro de La Roja

13.07.2010 | 14:17

No es que hayan ganado, es lo que han conseguido

Ese es el verdadero resultado: unir lo que la política, los malos gobiernos y la mala sombra de muchos había desunido. Un resultado extraordinario. La Roja es más que una palabra, es un símbolo espontáneo y visceral de lo que puede llegar a ser una esperanza. Hemos vivido un momento que quizá puede ser irrepetible: millones de personas que vestían un solo color y aclamaban un solo nombre, el de su selección, y soñaban con lo mismo. Era gratificante ver a tantos seres humanos unidos por el único deseo de ver a su equipo ganar un campeonato. Hemos hecho propia una quimera y hemos vibrado con una misma esperanza. Una pequeña portería de palos y redes ha hecho el milagro de que millones de seres humanos de todo el mundo tuvieran una meta común, un fin común, una ilusión común ¿Qué importa que fuera fútbol? ¿Qué importa que fueran once jugadores detrás de un balón? Era mucho más que eso. Era la sensación de que podíamos unirnos por algo concreto que estaba por encima de doctrinas políticas o discursos ideológicos. Durante estas semanas hemos visto cómo algunos de esos discursos desunen y cómo las leyes partidistas y las ideologías extremas separan. El domingo vimos algo que une y crea ligaduras. La euforia de una batalla deportiva hace a los hombres mejores y la gente se abraza por el triunfo compartido. Una pequeña pelota nos hace sentir hermanados por una felicidad tan estúpida en apariencia como meter un gol. La gente vibra por una bandera común si lo que se persigue es una portería que hemos hecho de todos por el milagro del deporte. ¡Quién puede negarlo! Puede que no nos guste el fútbol, puede que quien no lo entienda le parezca un circo de masas que atonta y descerebra. Pero si somos justos tenemos que reconocer la fuerza de cohesión que ese deporte ha generado.

Cuando hemos visto en los debates de estos días cómo se enfrentan unos personajes con otros por motivos derivados de símbolos, estatutos, banderas, lenguas distintas o maneras diferentes de entender un territorio, y cómo esos enfrentamientos se convierten en gritos, insultos y agresiones violentas de palabras y gestos, tenemos que reconocer que resulta aleccionador ver en un mismo campo a catalanes, canarios, madrileños y aragoneses abrazarse y llorar por haber conseguido un mismo sueño. Y uno piensa que el mundo podría ser siempre algo así. Niños, hombres y mujeres, ancianos y jóvenes caminando por una larga avenida arropados con una misma bandera (no importa el color) y gritando la misma consigna: venceremos (no importa en qué lengua se diga). Y sin meter codos ni dar patadas.

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