tribuna abierta

El retroceso laboral

10.07.2010 | 05:12

Los dos grandes acontecimientos para el mundo laboral de estos últimos años han sido la gran sangría de empleo que trajo el colapso del crecimiento urbanizador y la puesta en marcha del "festín caníbal" de los mercados financieros, por un lado; y la entrada en vigor de la reforma laboral de junio de 2010, un episodio hacia lo que se denomina alegremente, como si se hablara de piezas de bricolaje, como "flexibilización" laboral.

Ambos fenómenos están siendo de difícil digestión para una sociedad que estaba acostumbrada a la efervescencia de las últimas décadas de crédito fácil, periodo que, según muchos, tardará en llegar. Con muchas deudas pendientes de pago, las letras se han acumulado mientras se desmoronaban actividades económicas clave que nos llevaron a la champions league económica mundial. Y en esto llegó la reforma laboral.

Con esta reforma, si no había quedado demostrado cuán frágil es el mantenimiento del empleo en los momentos en los que la economía deja de crecer, se plantea ahora, con el ocurrente propósito de crear trabajo, adoptar cambios legislativos para despedir más fácilmente.
Resulta paradójico que la reforma laboral que se aprueba, pero que debemos frenar en beneficio del país, incida con más ahínco en su articulado en facilitar los motivos del despido que en el freno a la dualización del mercado del trabajo, primando la estabilidad. Pese a lo que reza el preámbulo del Real Decreto Ley, que se deshace en proclamas en contra de la temporalidad en el empleo, la modificación del Estatuto de los trabajadores que se está empezando a aplicar es, principalmente, un bandazo irresponsable a favor del desequilibrio del marco jurídico de las relaciones entre empleador y empleado, lo que en un escenario de "crédito difícil" es una perfecta arma para destruir más empleo, "temporalizando el empleo estable", esto es, optando por un igualitarismo a la baja en las condiciones laborales.
En ese marco justificativo de flexibilización, la reforma laboral también tiende hacia la "individualización" de las relaciones laborales, al tú a tú en el seno del centro de trabajo, contraviniendo una de las esencias del derecho laboral, que no es otra que la tutela compensatoria al que no ostenta el poder directivo. La regulación colectiva de las condiciones de trabajo, y el papel de la organización de los trabajadores/as en él, otro aspecto cuestionado en esta oleada liberalizadora de todo (menos de los beneficios), es fruto de la búsqueda de mejoras en las prestaciones al trabajador/a, y el intento de generalizarlas, con un objetivo claro de búsqueda de cohesión social, una de las claves que sustentan nuestra concepción de modelo económico.

La aplastante lógica del desvanecimiento de la actividad productiva parece justificar la adopción de estas medidas, pero las reformas deben de venir de otro sitio, léase el marco financiero, de modelo productivo, de control de los movimientos de capitales, etc.
Mantener un empleo es hoy algo clave como elemento de cohesión social, y esta reforma no incide en ello, sino en facilitar desprenderse de trabajadores/as en situaciones de crisis. Pero precisamente las crisis son la prueba de algodón de la salud socioeconómica de un entorno, y también de la coherencia de algunos postulados ideológicos. Casi más peligrosa que la propia reforma es la apertura de la caja de Pandora del cuestionamiento del derecho al trabajo, que se ve como algo secundario frente al mantenimiento de la actividad económica. Se dice que si no hay actividad tampoco hay empleo, con una meridiana claridad; pero también es cierto que sin empleo no hay sociedad que se mantenga en pie durante mucho tiempo. ¿Acaso no es posible repartir y disminuir las desigualdades en tiempos de crisis? En el fondo, de lo que hablamos con esta reforma laboral es de incrementar o no las desigualdades sociales, al dar mayor margen a desvincular a los que tienen como principal fuente de ingresos su trabajo diario, independientemente de si en el cómputo de los años hay días con mayor o menor actividad. La flexibilidad no debería venir de la mano de una carta de despido y de la pérdida de perspectivas de integración sociolaboral, sino de una sana reformulación de nuestras prioridades socioeconómicas, sin incidir aún más, a través del despido fácil, en deteriorar la calidad de las relaciones laborales, ya hoy en franco cuestionamiento con una crisis de incierta duración y penosas consecuencias sociales.

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