La ciprea

La novia equivocada

Es algo parecido a encontrarse al pie del altar con otra novia distinta a la que llevas cuarenta años jurando amor eterno

06.07.2010 | 15:26

Es como casarse con la que no es, bailar con la que no hemos amado y si con la que creíamos no iba a ser nunca la compañera de viaje, de cama o de pensamientos. Tuvimos una novia especial: progresista, alegre valiente y decidida. Era guapa, además de inteligente y dispuesta a la lucha. Luego le hicimos promesas, versos y encantamientos. Y un día decidimos pasar con ella el resto de nuestras vidas.

Y he aquí que el día de la boda encendemos la televisión y nos encontramos con que el discurso, los modos y maneras, los detalles de nuestro romance los está dando otra novia distinta. La señorita María Dolores de Cospedal estaba en el aparato de mi cocina hablando alegremente de lo nuestro. Hablaba de la lucha de clases, de la lucha obrera y de otras intimidades con absoluta sangre fría. Incitaba a los obreros a la lucha de clases y citaba a Marx como testigo. "Si no hay sindicatos que sepan defender el derecho de los trabajadores, que éstos estén tranquilos, que aquí está el Partido Popular para defenderles". Ella lo ha dicho en un acto en Cataluña durante la clausura de la Escuela de Verano del PP catalán en el que aparecía radiante y luminosa en su traje de novia. Y yo, absolutamente desconcertado al pie del altar, contemplando la transfiguración de quien había sido una de las compañeras más airadamente contrapuesta a mis principios; la que había levantado su brazo para despellejarme o cortarme las alas y el vuelo; la que había entonado los himnos que mayor crispación habían causado en los pasillos y en las aulas de nuestra residencia habitual. Ella, con la que nunca quise tener la más mínima relación o el más mínimo acuerdo, estaba allí, vestida de blanco, diciéndome al oído las palabras que durante años había escuchado en boca de mi novia de siempre. El padrino, Mariano Rajoy, que poco antes la había llevado del brazo hasta mí, sonreía complacido contemplando la escena.

Y la otra, mi novia de toda la vida, la que había decidido dejarme plantado con una copla nueva que cantaba reducciones, zozobras, bajadas de sueldo y miserias varias para quienes siempre fueron el brazo armado de la lucha obrera, miraba la escena con mucho talante y cierta indiferencia. Ante tanta desilusión, ante tanto desamparo ideológico y ante tanta comedia demagógica, decidí, en el último minuto, abandonar la iglesia y salir corriendo hacia el desierto más próximo para encuerarme, y gritar, por fin, las venturas de una vida nueva sin ataduras amorosas de ningún tipo.

Enlaces recomendados: Premios Cine