DULCE XERACH PÉREZ
El otro día decía Joaquín Catalán algo que llevo oyendo –poco gracias a Dios– desde hace unos 12 años, o sea, desde que el Tanque cobró vida como espacio cultural allá por el mes de julio de 1997. Escribía el otro día Joaquín Catalán: "A ver si salgo de mi asombro: el armatoste circular que rompe la armonía de Cabo-Llanos no va a desaparecer nunca de nuestra vista. Nunca?? A ver si me hacen caso en instancias municipales: ¡por favor, llévenselo de la ciudad y de la Isla!".
Eso me suena, "que lo tiren," dicen algunos como si estuvieran dolidos, "que lo destruyan totalmente", "que no dejen ni rastro",se les une Calatán ahora... Cuando pasan cerca esas pocas personas son incapaces de ver su antigua silueta de tanque industrial intacto, sus formas ligadas a la nueva belleza descubierta, la hermosura atroz de las ruinas del pasado reciente de nuestra ciudad industrial. Y esos no se dan cuenta, al hablar así, de que estamos hablando de nuestro pasado histórico, de nuestro patrimonio industrial, no ven lo que otros muchos sí vemos: esas milagrosas moles de hierro altas y elegantes, solitarias, indultadas por los pelos de ser demolidas, máquinas que ahora no refinan crudo sino cultura contemporánea en su interior más impresionante y bello que una catedral del siglo XXI, con su techo inalcanzable, sus transparencias y juegos de luces y sus moldeadas toneladas de hierro, sus vigas, tuberías, etcétera.
La verdad es que resulta increíble que sea necesaria tanta lucha para conservar al menos algunos vestigios que en el futuro nos permitan reconstruir nuestra historia, que también fue una historia de refinería y tardía revolución industrial. Para mi el tanque es un faro, su contenido ha sido a veces brillante y a veces tenue, a veces se ha cerrado por tempestades políticas e incomprensiones pero volvió a abrirse y de nuevo da luz; es como un gigante, un único superviviente de un cataclismo que ha dado una inesperada y mala urbanización de la expansión de Santa Cruz hacia el sur. Está solo entre edificios pero sabe que cuenta con entusiastas que lo consideramos como un monumento industrial, que sabemos que tiene valor histórico y cultural y que vamos a defender que se quede donde está por eso y porque no molesta a nadie.
Quería pedir, en un último intento, a los que no lo quieran que se acerquen a él, que lo miren como lo que fue, como parte del pasado histórico de nuestra ciudad de Santa Cruz, como un vestigio industrial de un tiempo que ya pasó, que entren en su interior y piensen por una última vez si de verdad no creen que la ciudad gana con el Tanque en pié. Yo creo que sí, y por eso lo defiendo.