SARO DÍAZ
No soy nadie para dar homenajes, con lo aburridos que resultan cuando no eres su beneficiario directo o el que rentabilizará (tarde o temprano) su organización. Homenaje se denomina a la reincidencia de un drogadicto, aunque él crea que sólo será una vez. Ya ven lo chungos que son los homenajes... Sin embargo, se me ocurre que en una habitación de hotel, sin compañía (y a veces con ella), sin poner la tele, sin leer un libro y sin escuchar música, todos somos un cuadro de Edward Hopper, el pintor de los seres solitarios. Eso que somos todos. Porque aunque tengas mujer e hijos (y suegra y cuñados) eres tú solo. Tú sola.
Inmersa en un viaje de trabajo, el resto de la expedición me comunica sus seductores planes para la noche, unos planes que hace cinco años hubieran hallado en mí a la más entusiasta de las complices. Cena, copas, un local nocturno, un poco de superficialidad, que nunca viene mal. Pero declinas la invitación porque prefieres dar un abrazo a algún entrañable amigo que vive en esa ciudad a la que te ha traido el trabajo. Sin embargo, cuando llega la hora le envías un mensaje al entrañable amigo: "No podré ir". No sabes muy bien por qué, pero lo has hecho. Tal vez porque siempre has sabido que eres un cuadro de Hopper. Tal vez porque intuyes que sola en una ciudad que no es la propia se descubren nuevas e imprevistas vistas del paisaje interior.
Nadar en aguas profundas cenando en un Vips. Ensalada y copa de vino. Una sobriedad a la que pronto retorcerás el cuello con un enorme brownie salpicado de nata. Carteles de neón por todas partes; gente acompañada. La luna se recorta en el cielo. Paladeas un sorbo de vino y descubres que lo único que falta para que el momento alcance la rara perfección de los zafiros es un maldito cigarrillo. Pero no puede ser. Nunca más. Como cualquier drogadicto caes en la melancolía , hasta que te das cuenta de que no. No hace falta. Eres profundamente feliz. En un hotel anónimo, de una ciudad anónima, entre gente que no te conoce de nada y que, por tanto, no te ha colocado ninguna etiqueta, no le has colocado ninguna etiqueta. Y entonces empiezas a preguntarte si no padecerás alguna enfermedad o alguno de esos síndromes de reciente factura que el excesivo ocio (o funcionarización de la vida laboral) ha puesto en evidencia. Todo el mundo prefiere estar acompañado y tú, sin pose alguna, hilando excusas, prefieres la soledad. Contemplas tu vida a cierta distancia y descubres cosas. Como por ejemplo que no eres una escritora frustrada porque sigues llena de palabras. Que prefieres escribir a cualquier otra cosa en el mundo. Aunque nadie lo lea. Al fin y al cabo no te lo mereces, nunca disimulaste lo más mínimo que preferías permanecer sola en una habitación de hotel, sin ataduras, sin estúpidas fechas que celebrar, desasida de obligaciones (y derechos) afectivos.
Fuera hace frío y ha empezado a llover. Observo cómo la gente que vive en esa ciudad, imposibilitada para sentirse ajena a la misma, aprieta el paso hacia su casa. Un grupo de ejecutivos entra en el Vips y rompe la tranquilidad del lugar. Suenan algunos móviles. La mitad de ellos habla por el teléfono en vez de hacerlo con la gente con la que ha quedado. Ríen. Una mujer está contando que a menudo acude con su marido a un club de intercambio de parejas y los demás abandonan sus conversaciones telefónicas para escucharla. Ella aclara que no es cierto, pero que era el único modo de que dejaran de hablar con sus móviles. Abucheos. Forman parte de un congreso de vendedores y están poniendo a parir al que ha ganado el premio de mejor comercial del año. "Hizo que se entrampara una anciana analfabeta que carecía de ordenador para usar lo que le vendió..." explicaba uno de ellos. El lugar ha perdido su encanto de cuadro hopperiano, así que acabo rápidamente el postre y pido la cuenta. La camarera ni me mira a la cara, pero me ofrece una encuesta sobre el trato que he recibido en el establecimiento.
La soledad me envuelve como un manto y el regocijo se convierte en espada. Sientes que no eres normal. Hasta que vuelves al hotel dispuesta a continuar tu noche solitaria y apasionante y te encuentras a alguien de la expedición que también había puesto una excusa para no seguir al grupo. Los dos con cara de estupor al saberse descubiertos por otro, hasta que reconocen la verdad. No están enfermos, no padecen ningún síndrome de nada. Charlan sobre ello tomando una copa en el bar del hotel, hablan de por qué prefirieron quedarse solos. Ahora son dos cuadros de Hopper. Cada uno en su marco, adornando la misma pared de la noche.