ALBERTO RODRÍGUEZ ÁLVAREZ
El que de la reforma educativa pensada por Obama se destaque, en titulares, el premio en metálico para los profesores que más rindan puede dar lugar a que la opinión pública piense que en los profesores pivotan los malos resultados educativos en un país que tiene fama mundial por mantener en su suelo a las mejores universidades del planeta. Sin embargo, es sabido, que la educación en los estados griegos se entendía como "formación del ciudadano". Platón, en La República, nos ofrece toda una fuente de interesantísimas reflexiones sobre la enseñanza, la educación y la formación. La enseñanza era y sigue siendo la transmisión del saber desde el profesor al alumno. Y convendría aclarar, por lo que tiene de importancia, que la educación va mucho más allá de la formación y no recae, o no debería recaer, solamente, en los centros públicos. La educación es un bien para todos y todos estamos obligados a participar en hacerla posible y estable. Ortega y Gasset, en quien anidó la quintaesencia del saber, nos dejó dicho: "En la enseñanza -y más en general en la educación- hay tres términos: lo que habría que enseñar -o el saber-, el que enseña o maestro y el que aprende o discípulo". Y nos siguió recordando: "La innovación de Rousseau y sus sucesores fue simplemente trasladar el fundamento de la ciencia pedagógica del saber y del maestro al discípulo y reconocer que son éste y sus condiciones peculiares lo único que puede guiarnos para construir un organismo con la enseñanza". A los que hemos enseñado, como maestros, siempre, en los centros públicos, no se nos ha podido escapar lo importante que resulta la contemplación del alumno en todo aquello que se haga para intentar educarlo. Si el presidente Obama pretende resolver los problemas educativos de su nación pagándole el oro y el moro a sus mejores maestros -¿y quiénes son los mejores maestros?- sin pensar en estrategia alguna para que cambie la actitud de los alumnos a la hora de asistir a la escuela estará dando palos de ciego. En la actualidad uno de los problemas graves que sobrevuela a la enseñanza es que son muchos los discípulos que cierran sus ojos y taponan sus oídos ante cualquier esfuerzo que se haga con ellos para intentar que aprendan. Son los alumnos que se niegan a aprender, que les dicen a sus profesores, desde una absoluta falta de responsabilidad, que no quieren aprender, que no necesitan para nada el saber. El reto actual de la Pedagogía es encontrar una fórmula que permita enseñar al que aún sin saber se niega a aprender. Correspondería en este sentido al Estado, que mantiene una laxa actitud en materia educativa, determinar qué medidas deben ser tomadas para evitar que un alumno pueda permitirse el lujo de decir que no quiere aprender -todos estamos obligados a aprender para poder disfrutar del bienestar individual a costa del bienestar común-, para que resulte imposible ese lamento habitual que encuentra su origen en el absentismo escolar. Los niños y adolescentes que permanecen ociosos, manteniéndose apoyados en las esquinas de sus barrios durante la jornada escolar, ocupando lugar en los rincones más oscuros y ocultos para fumar grifa, están en la obligación material y moral de retornar a las aulas para cumplir con su deber como ciudadanos. Las actitudes paternalistas, que favorecen estos comportamientos antisociales, deben ser sustituidas por la necesidad de transmitir a la sociedad que todos, sin excepciones, estamos obligados a tirar del carro si queremos que el carro se mueva. Y ante este conocido fenómeno el sueldo de los profesores pasa a un segundo plano.