Fin de siglo

Viajar y soñar

06.01.2009 | 00:00

Yo era un ser humano y estaba en la cama, durmiendo, que es lo que hago por las noches. Pero al mismo tiempo era una oruga dentro de un capullo enterrado en la base de un pino. En el sueño realizaba con mi cuerpo los mismos movimientos que el gusano en el interior de su carcasa. Supe que me estaba convirtiendo en una mariposa, pero lo supe desde mi lado humano, no desde el animal. El animal carecía de conciencia (de lo que nosotros, al menos, denominamos de ese modo). Recuerdo haber intentado averiguar si el pino bajo el que me convertía en insecto era el de mi jardín. Todas las primaveras vigilo sus alrededores, para comprobar si ha comenzado a bajar la procesionaria. Conviene realizar la inspección al amanecer o al caer la tarde, pues nunca bajan cuando el sol está alto. Casi todos los años descubro dos o tres hileras de gusanos que tras descender del árbol se entierran en sus alrededores para completar la metamorfosis. Yo los piso, claro, los mato, porque la oruga no es buena para el pino. Le saca la savia, el jugo, lo seca, y por más que fumigues siempre hay algún capullo que escapa al veneno. Aplasto a los gusanos, pues, con la punta del zapato, cruelmente, para que ninguno escape. Luego estoy dos días preguntándome por qué esa actividad asesina no me produce remordimiento alguno. Dado lo culposo que soy, me parece un misterio.
Pues bien, yo estaba con mi cuerpo dentro de la cama, como todos los días a esas horas, pero me encontraba a la vez en el interior de la tierra, transformándome en una mariposa gorda (qué contradicción). De inmediato pensé que quizá era una oruga que había escapado a mi propio zapato, que había huido de mí mismo, de mi furia asesina. ¿Cuántas veces al día, me pregunté, se libra uno de sí mismo? ¿Cuántas veces al mes, continué preguntándome, resulta uno aplastado por su propio pie? Comprendí entonces que el invento de la vida resulta atroz (y maravilloso), pues no es que nos comamos unos a otros, sino que en esa actividad nos devoramos a nosotros mismos. Y averigüé otra cosa: que no es lo mismo viajar que soñar. Y aquello, lo de la oruga, no había sido un sueño, sino un viaje.

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