El mirón

Los Reyes en internet

06.01.2009 | 00:00

Ana María, 7 años, escribió su carta a los Reyes Magos en un ordenador y la envió a sus majestades por Internet. En la carta no sólo les pedía sus regalos, sino que hablaba de ella, de cómo es de ansiosa o indisciplinada, de los malos comportamientos de los que luego se arrepiente y hasta de sus padres y sus hermanos con algunos detalles. Pero la sorpresa de la niña es que no habían pasado unas horas y ya los Reyes le contestaban, creo que avisándola de lo que iban a traerle y lo que no, y de aquello en lo que fallaba y por lo que no se hacía merecedora de cierto premio.
Las cosas que le contaban de su vida parecían indicar que los Reyes la conocían mucho. La niña nunca le ha extendido la mano a una bruja para que le lea la suerte, respondiendo a unas preguntas que las brujas hacen previamente para sacar luego sus deducciones y sorprender así al cliente, con lo que es fácil que ahora atribuya a los Magos esa omnipotente capacidad de adivinación.
Pero tan sorprendido como Ana María quedaba uno de la capacidad de la red para albergar también la magia, para acoger la ilusión que con frecuencia se quiebra o se maltrata en la sociedad de la comunicación y alimentar la inocencia. Los Reyes Magos son unos cómodos habitantes de Internet porque en la red todo reino es posible. Cada vez se accede más temprano a los nuevos instrumentos tecnológicos, pero cada vez es más necesario defender la necesidad de soñar.
La red descubre nuevos tipos de relación, facilita nuevos métodos de análisis, posibilita formas distintas de negocio y son innumerables sus instrumentos prácticos, pero también fomenta la imaginación, permite compartir la tradición y estimula no sólo la razón sino la irracionalidad que precisan nuestras vidas. Las ilusiones, los sueños y los mitos no perecen, se transforman en nuevas lecturas, se actualizan en respuestas hasta ahora inéditas.
Y aparte. A la niña que recibió pronta respuesta de los Reyes en Internet le va resultando difícil explicarse cómo los Reyes Magos llegan a tantos sitios a la misma hora, de acuerdo a las informaciones que le ofrece cada año la tele sobre los recibimientos que se les hacen en las distintas ciudades y pueblos de España. Además, la niña, hija de padres viajeros, sabe mucho de distancias y del tiempo necesario para superarlas. De modo que a la madre de Ana María le resulta mucho más difícil explicar el don de la ubicuidad de Melchor, Gaspar y Baltasar a su hija que lo que le resultó a la abuela de la niña convencer a su madre.
La única forma que encuentra la madre de la criatura para mantener intacta su ilusión en estas fechas es atribuir el prodigio de que los Reyes estén en todas partes a la vez a la magia.
Y la niña, que empieza ya a dudar de que la magia alcance a tanto, pregunta por ahora si los Reyes no recibirán algunas ayudas de los padres de los niños.
Todas estas preguntas van revelando que la niña se hace grande, y que se pone en peligro su ilusión para una emoción tan intensa como la que los niños viven hoy, pero también que perdemos una nueva oportunidad de revivir nuestras infancias. Mi amigo Vicente Gallego ha escrito versos que me gusta releer un 6 de enero: La infancia es un regalo que disgusta / porque uno no sabe de qué sirve, / y, cuando al fin lo entiende, ya lo ha roto.

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