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UNA HISTORIA PARTICULAR

Los gatos de la Vía Sacra

"Mi nombre es divino, mortal mi linaje"
Epigrama funerario. Siglo II d.C.

 13:24  

PEDRO H. MURILLO H oy, Cicerón se levantó cojo de una de sus patas buenas, por lo que mucho me temo que no pasará de este invierno. Durante la mañana hemos tenido que esperar más de lo habitual para que nos trajeran la merecida comida después de una larga noche de refriegas. Me preocupa Cicerón; no ronronea como en otras épocas. Aquellos sí que eran ronroneos pretéritos, cuando subíamos juntos a tomar el sol en la escalinata del Senado, esa que es tan importante y por la que muchos turistas se asoman pasmados a la barandilla con sus chismes negros señalando. O quizás será por nosotros: los gatos de Largo Argentina. Pobres, me dan pena. Ay, se me ha olvidado presentarme. Lo siento, es la descortesía propia de mi especie. Me llamo Algardi, soy un felino romano, hijo de Cayo Julio y descendiente de la última estirpe de los gatos senadores. Desde hace décadas nos hemos convertido en una suerte de atracción de feria, y lo más curioso es que ha sido la Sociedad Protectora Británica la que nos cuida y desparasita para enviarnos a Britania. ¡Qué locas están estas tribus del Norte!

Yo, por la parte que me toca, prefiero quedarme aquí, en la Vía Sacra, tomando mis baños de sol en las escaleras del Senado del Pueblo Romano. El turista gatófilo se sorprenderá porque no encontrará gatos en Roma, más allá de las 50 colonias repartidas por las zonas arqueológicas de la Ciudad Eterna. Hemos optado por la tranquilidad de los ghettos antes que padecer los simulacros de esta urbe caótica e insoportablemente católica. Ni que decir tiene que hemos vivido épocas mejores. En Egipto éramos venerados como dioses, personificación de la diosa Bastet y castigo de la maléfica serpiente Apofis. Incluso estuvimos en la famosa Arca, cuando Noé, siguiendo los consejos de Un Yavé muy cabreado, construyó una gran nave en donde introdujo una pareja de cada especie. Sin embargo, y conociendo la gatofobia del Sumo Creador, además de la proverbial torpeza de Noé, no estuvimos en la selección por lo que, como es lógico, el Arca se llenó de molestos ratones. Cuenta la tradición que el patriarca, desesperado por la plaga, acarició en la frente a un león y este estornudó dos hermosos gatos a rayas. Eran buenos tiempos, cuando nuestros antepasados llegaron a la "Caput Mundi" en las alforjas de los legionarios procedentes de Egipto. Todo cambió con la llegada de la secta cristiana -nunca le perdonaremos a Valeriano no haber hecho lo suficiente- por la que fuimos considerados impuros, e incluso se nos quemaba en la plaza pública, acusados de ser emisarios del ángel caído. Estuvimos a punto de la extinción y la proliferación de las ratas propició la pandemia de la Peste negra que acabó con las tres cuartas partes de la población de Europa. No tuvimos más suerte en el Renacimiento. En la alegoría de la Música, Hans Bladung nos representa a los pies de una joven desnuda simbolizando el temperamento flemático y en La Última Cena de Giuseppe Vermigilio, se nos representa nada menos que a los pies de Judas, en clara alusión a la traición y la maldad. Claro que como sabrán todos los gatófilos del mundo, tuvimos insignes defensores como el divino Leonardo, quien nos alabó en su códices por nuestra flexibilidad y elegancia. No fue tarea fácil sobrevivir a la Edad Media. Cualquiera de mis compañeros lo sabe, incluso el pobre Cicerón, que ya ha encontrado un buen entablamento en donde asentar sus maltrechas posaderas. Nunca entenderé por qué despertamos tantos odios. Supongo que será por nuestra independencia pero por Minerva os digo que desconfiéis de aquellos de vuestros iguales que no les gusten los gatos. Es la serenidad que tanto anhelas lo que te hace rechazarnos, la capacidad, como dijo Piercy, de quedarnos inmóviles como una piedra y meternos entre la hierba como fantasmas, mirando por encima de los tejados con la seguridad de nuestra permanencia cuando el nuevo imperio vuelva a caer y podamos dormitar en otras escalinatas senatoriales. Pero no todo es lisonja. Como bien decía Baudelaire, asumimos la noble y penosa actitud de las grandes esfinges dispersas en las soledades más remotas. Ya declina el sol, y Julia viene a mi encuentro, tras amanecer de su apacible sueño en las termas o lo que queda de ellas. Nosotros seguiremos aquí cuando os hayáis ido. Somos los gatos de Largo Argentina, el último hálito del Imperio Romano y espero que nos hayan traído una buena lasaña para comer.

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