El mirón

Una mujer enfadada

07.06.2008 | 00:21

Una cosa es la vida privada y otra la pública, aunque a veces ambas tengan relación, pero es evidente que Hillary Clinton tiene mejor perder en casa, si recordamos sus desafortunadas experiencias matrimoniales, que en la política. No falta, sin embargo, quien atribuya su resistencia en la relación con Bil, su marido, a la ambición, con lo que su aguante doméstico es posible que tuviera claros objetivos. Lo cierto es que marido y mujer se unieron en un mismo sueño y emprendieron el camino de regreso a la Casa Blanca por una de sus sendas más peligrosas: la de la arrogancia. La arrogancia es a veces hija de la seguridad en uno mismo, y no le falta a los Clinton razones verdaderas para sentirse seguros en la experiencia de poder, pero cuando fustiga la experiencia de uno otra realidad patente, con la irrupción de nuevas fuerzas, mantener la arrogancia da lugar al patetismo. No le han faltado a Hillary ocasiones en la campaña para resultar patética y a veces innecesariamente mala, pero toda campaña es a medias representación y sinceridad. Sinceridad, sobre todo, si uno se enfada como se ha enfadado Hillary. Si hacemos caso a Cicerón "somos más sinceros cuando estamos iracundos que cuando estamos tranquilos". Por eso, tengo la impresión de que a la señora Clinton le ha faltado sosiego y en consecuencia, a pesar de incurrir en ciertas falsedades, la ha dominado la sinceridad, con lo que puede que se haya retratado mucho y de manera muy exacta. Ese retrato tiene lo que se esperaba de ella, una mujer con capacidad de mando y conocimientos de gobierno, pero también lo que quizá no se esperaba: el mal carácter de la que no se para en barras. El elector no atiende sólo a los proyectos, a las ideas, sino también al talante de quien ha de gobernarle. El elector norteamericano sabe, los españoles también, hasta qué punto un carácter trastorna una gestión. Pero no cabe la menor duda de que Hillary ha llevado su desasosiego hasta el final de la campaña, evitando cualquier atisbo de elegancia en la aceptación de su derrota. De haber leído a Valle Inclán --"Lo mismo da triunfar que hacer gloriosa la derrota"- no creo que hubiera cambiado de opinión. Pero a lo mejor le hace caso a Truman Capote, que lo tiene más a mano, y con vistas a su futuro inmediato cae en la cuenta de que "todo fracaso es condimento que da sabor al éxito". La fracasada ahora no parece que vaya a convertirse en pasado, pero para ser gestora de futuro le hacen falta ciertas dosis de humildad. La humildad no es una virtud de tontos, sino de prudentes. Y no es virtud que tenga que resplandecer, sino un sustrato que distingue a la persona en su dignidad. Para los que la vimos venir con esperanza, al grito de "Todo, menos Bush", y por más que vislumbráramos en ella evidentes tics conservadores, Hillary Clinton sigue siendo una mujer que puede prestar a su país y al mundo afectado por su país un gran servicio. Y no lo tendrá mejor si las elecciones las pierde Obama. Ahora bien, teniendo en cuenta que aún el racismo goza en EE UU de bastante salud, puede que pierda. Y no por ingenuo, sino por negro. Hillary Clinton no ha perdido ahora por mujer.

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