Prisma inocente

Los huevos de Lucio

06.06.2008 | 00:00

No descubre nada nuevo quien presuma afirmando que la cocina española, realizada en todos los tiempos y en casi todos los lugares de la piel de toro, es una manifestación cultura de orden principal. Sin llegar a alcanzar la categoría de arte. Y tal afirmación la corrobora esa minoría que se apresta a viajar con fines turísticos y que lo primero que hace es utilizar todos los medios posibles para saber al detalle la ruta gastronómica que le va a permitir su estudiado recorrido ya que al seguir esta ruta descubrirá los imaginados lugares en los que se le rinde culto a Pantagruel y a Baco. Es por eso que no resulta extraño que quienes visitan Madrid -y de Madrid al cielo- por primera vez se decidan por localizar los muchos lugares en los que poder degustar las mejores comidas y paladear los mejores vinos antes que ir al encuentro de la serie negra de Goya en el museo del Prado. Y es que ya se sabe... barriguita llena corazón contento. Durante el alongado periodo de tiempo que duró la bonanza económica en España la gente pudo permitirse el lujo que supuso acudir a los restaurantes más caros por puro esnobismo o porque encontraba en ellos una posibilidad de probar sabores que iba mucho más allá de lo que pueden saborear nuestras papilas gustativas al ingerir un plato de tollos. Llegó a ponerse de moda, sobre todo en aquellos casos en los que los gastos del restaurante provenían del erario, visitar el restaurante de postín porque éste vestía bien y en él se comía y bebía mejor. ¿Se acuerdan de aquel consejero de Educación que no salía de Zalacaín? Yo sí, yo sí me acuerdo; vaya si me acuerdo. La alegría a la hora de gastar llegó a un extremo tal que aquí, en las propias y pequeñas Islas, se multiplicó la apertura de restaurantes a un precio por cubierto que superaba a las dos cifras. Mas el precio nunca llegó a arredrar a los comensales pues, en estos restaurantes, era tal la demanda que siempre había que solicitar mesa con varios días de antelación. Vamos, al típico estilo Bulli. Pero, a partir de la estupidez humana, se llegó a rizar el rizo olvidando, entre otras cosas, que la tortilla de papas es un patrimonio de la Humanidad y que allí donde esté un pincho de tortilla? Y de parecida manera, olvidando que no hay mejor cocina que la que hace la abuela, algunos se han aventurado a viajar hasta la capital del Reino para comerse unos huevos fritos en Casa de Lucio. ¡Por Dios bendito! Para comerse unos huevos fritos acompañados por papas -también fritas- no es menester moverse de casa. Sobre todo si en casa tenemos aceite de oliva, huevos frescos, sal gruesa y papas del país. Yo mismo me presto a ser cocinero y, si alguien nota la diferencia, le regalo un bocadillo de papas fritas. Se lo prometo.

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