Voz en off

Laberinto aduanero

05.06.2008 | 00:00

En mala hora se me ocurrió preguntarle a una amiga que va a cerrar su negocio por qué lo hacía. Digo en mala hora porque el asunto no resulta nada sencillo y ni ella misma lo entiende bien, pese a ser la principal afectada. Sí, es verdad, los altos precios de los locales comerciales están asfixiando a los pequeños comerciantes. Como siempre que existe una recesión económica (o lo que sea), hay quienes acaso estén ganando demasiado. Si le cobras a un comerciante por el local poco menos de lo que gana, malamente podrá haber pequeños comerciantes, quienes suponen una buena parte del tejido empresarial santacrucero. Pero ahí no acaba la cuestión. La otra razón por la que esta mujer ha puesto el cartel de liquidación por cierre está en las aduanas, que la tratan como a una importadora aunque lo que trae venga desde la Península, o sea, desde otro punto de su propio país.
"Todo lo que se vende aquí debo traerlo de fuera, y eso supone un largo proceso de aduanas, correos etc", explica. Claro, pensé que lo traía de China o de algún lugar igual de remoto. Pero no. Ni tan siquiera su mercancía viene de un país ajeno al nuestro. No señor, sino de otra provincia española, así que ríanse de aquello de la Europa única. A esta comerciante han acabado por aburrirle las cuotas a pagar y los pasos a dar para que su mercancía le llegue. "Tarda mucho y así no puedes renovar lo que expones al público con la suficiente rapidez", alega. Cuando relató su primer periplo para traer mercancía nada más instalar la tienda pensé que se podría montar una comedia de enredo con todo lo que le había pasado. Por la mercancía en la Península ya le habían aplicado el 16 por ciento del IVA y luego, al llegar aquí, le aplican el IGIC. O sea, doble impuesto por aquello de animar a la actividad comercial.
El periplo por la aduana, el papeleo a rellenar y las anécdotas resultan increibles. Desde que una compañía aérea le cobró por el traslado físico (hasta la aduana) de los papeles que hubo de rellenar para poder acceder a las cajas de mercancía que le llegaban de la Península hasta el cartel de "aduana española" por el que también tuvo que pasar, por no hablar de que la parte de control correspondiente al Gobierno de Canarias pretendía cobrarle como mayorista cuando ella no traía mercancías para venderlas a otros comerciantes. El caso es que nadie pide que dejen de controlarse las mercancías para evitar la entrada de lo ilegal, pero existe la suficiente tecnología como para hacerlo sin arruinar a nadie. El incomprensible sistema de aduanas que impera en Canarias resulta una especie de laberinto en el que la burocracia, la descoordinación e incluso la mala fe interpretan a la perfección el papel del minotauro. Tanto es así que ni tan siquiera la ciencia y la investigación tienen mucho que hacer en las Islas si quisieran desarrollar y comercializar desde aquí sus descubrimientos, pues traer el material necesario para ello les supondría tal quebradero económico que les resulta más rentable olvidarse del asunto.

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