Voz en off

Funcionarios

04.06.2008 | 01:00

eferirse genéricamente a cualquier grupo de población conlleva falseamiento de la realidad por aquello de las generalizaciones, pero es el único modo de hablar de las cosas. En este caso, de los funcionarios: trabajadores que desempeñan funciones en un organismo público. Casualmente, a los que conozco les gusta su trabajo y procuran hacerlo bien. Pero todos sabemos de trabajadores de la función pública que un día olvidaron que el sueldo que ganan a final de mes hasta su muerte debe tener como contrapartida una labor, al menos hasta que se jubilen. Recuerdo cómo me impactó trabajar durante unos meses entre funcionarios. Me parecieron un colectivo seguro de sí mismo y hasta el cuello de préstamos bancarios que iban solicitando porque contaban con un sueldo que nadie les iba a disputar. Los había encantadores y diligentes, pero aprendí que para que el encargado de fotocopias currara había que hacerle cada día la ola, porque había convertido su cometido profesional en una especie de favor hacia los demás, y eso que el lento ritmo que empleaba en su tarea era como para echarse a llorar. Llevaba años funcionando así (si eso es funcionar) y llegaba un momento en que si alguien le pedía algo con urgencia, era capaz de acudir al comité de empresa alegando acoso laboral.
También he visto cómo se aísla a funcionarios que no son afines a determinada manera de ver las cosas hasta hacerles creer que son unos inútiles. Es un acoso laboral real, lo suficientemente sutil como para imposibilitar denuncias. Asimismo, hace poco me contaron de una institución donde hay funcionarios que piensan que los compañeros que trabajan son unos pelotas, habiendo convertido por tanto la pereza y la desidia en una suerte de rebeldía. Así que se les sigue pagando y se contrata a otros, evitando hacerlos fijos como medida preventiva. La consecuencia es que la Función Pública se ha ido hinchando progresivamente de personal, convirtiéndose en un pesado y oneroso animal para todos los canarios, quienes cada vez que les oímos reclamar algo torcemos el gesto, seguramente de manera injusta para quienes sí cumplen con su trabajo.
El problema es que nadie se atreve a meter mano a las leyes que regulan el Funcionariado. Son muchos votos. Y así vamos perdiendo dinero y energía en vagos y jefes acosadores. Un funcionario en excedencia que evitará (cuanto pueda) volver me señalaba hace poco que las actitudes que veía a su alrededor lo empujaron a buscarse la vida en el proceloso mar de la creatividad y la actividad privada. Lo que cabe plantearse es ¿por qué no se exige productividad a los funcionarios? Estoy segura de que dentro de cada puesto habrá modos de comprobar la eficacia de los trabajadores públicos más allá de fichar al entrar y salir. Aunque tan chungo como todo eso es que alguien ducho en la Función Pública pretenda aplicar sistemas de acoso laboral y vaguería varias en la empresa privada. Y sucede.

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