Prisma inocente

Pescado fresco y olé

03.06.2008 | 00:04

Causa cierta zozobra comprobar cómo en estas Islas, que son porciones de tierra rodeadas de agua por todas partes -según la primigenia definición que nos fuera enseñada en la escuelita de pizarra y pizarrín-, se ha ido perdiendo el interés por el consumo de pescado fresco, vivito y coleteando, al que estuviéramos tan apegados en el tiempo pretérito. Asimismo, nos da pena comprobar cómo las nuevas generaciones -hombres y mujeres- han ido dejando de lado el conocimiento de las diferentes especies que pueblan el mar canario así como a establecer las diferencias entre un pescado fresco y otro que ha sido sometido a más enjuagues que los forros de una almohada. Y esta renuncia a los orígenes y a la costumbre misma supone un proceso de aculturación que erosiona las señas de esa identidad perdida y hoy día tan necesaria para los que se empecinan en afirmar, desde la tribuna mediática y rebosante de esquelas, que por nuestras venas sigue circulando la sangre de los guanches. Uno tiene a bien recordar, por haberlo vivido en primera persona, el tiempo aquel en el que se acudía a la misma orilla de la mar para adquirir un pescado recién cogido y raramente afectado por la archiconocida picaresca de vendernos gato por liebre. Una de mis tías -q.e.g.e.- no paraba de reírse de mí, cada vez que acudía a su llamada para obsequiarme con unos kilos de cabrillas -o de viejas-, con la sana intención de que volviera la vista atrás y recordara mi mal humor cada vez que ponía en la mesa pescado. "Tía, ¿Pescado otra vez?". En casa de aquella tía aprendí a distinguir a las principales especies y a saber apreciar los sabores más puros del pescado. De ahí el que ahora, cuando los pescadores que se dicen profesionales reclaman las ayudas gubernamentales porque los ingresos no cubren los gastos, uno exige, en justa contrapartida, que cuando vaya a comprar pescado fresco en el origen no nos traten de engañar con un pescado que, a simple vista, se nos antoja impresentable por culpa de los muchos días que ha permanecido en hielo. Sus ojos opacos, su flacidez, sus amoratadas agallas, la ausencia de brillo en sus escamas, en fin... Un pescado que no es fresco y que se nos vende -todo, con independencia de su bondad culinaria- a 12 euros el kilo. Y si se lo come en un guachinche a 17 euros el kilo. Y no es que discutamos el precio porque la labor de un pescador no lo tiene. De lo que nos quejamos es que este mercado siga sin estar regulado por una normativa que garantice su calidad. Si es posible competir en precio, ya que en las grandes superficies el pescado venido de fuera está por las nubes, mucho más fácil sería competir en calidad garantizando un pescado recién cogido y muy valorado en las cocinas de postín. De acuerdo en que se reclame la ayuda estatal pero, más allá de esta medida, ya va siendo hora de admitir que la mejor ayuda es la que nos podemos prestar a nosotros mismos.

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