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A babor

¡Arriba España!

 

FRANCISCO POMARES ace apenas dos semanas quedé con unos amigos en casa de otro. Llame algo tarde al portero automático y me salió el dueño de la casa, ya achispado: me dijo que sólo me dejaría pasar si cantaba en voz alta el Cara al Sol. No sólo lo hice, sino que me sorprendí a mi mismo recordando parte de la letra y destrozando la melodía en posición de firmes, lo que demuestra que mis reflejos son tan viejos como yo. Unos días después llamé al mismo portero automático y cuando mi amigo me preguntó quien era le canté La Internacional para identificarme (esa me la se un poco mejor). Mi colega se rió un buen rato. Nunca pensé que llegaría a contar en los papeles esta historieta de noche de cogorza. La cuento porque me resulta realmente alucinante que media región ande discutiendo la intención, enjundia y sentido de un sms privado de José Manuel Soria dirigido a una compañera.
Entiendo que José Manuel Soria envió su ¡Arriba España! tomándose a guasa el exceso de nacionalismo (nacionalismo español, también existe) de las aportaciones de María San Gil a la ponencia política del Partido Popular. Se que es difícil decir que María San Gil es una excesiva: a las personas sensatas nos cuesta señalar con el dedo los defectos y exageraciones de quienes viven en situación de ser asesinados sólo por opinar de forma diferente a los asesinos, y eso exactamente es lo que le ocurre a María San Gil, una mujer que se ha convertido -para casi todos- en símbolo del valor y el coraje ante ETA. Pero que María San Gil sea una referencia de arrojo y compromiso no debiera significar que debamos convertir a esa vasca menuda y correosa en un personaje intocable. Su valor es indiscutible, pero sus ideas son tan cuestionables como las de cualquiera, también por aquellos compañeros suyos que creen que ha instalado sus agallas en el territorio de un radicalismo ideológico que no comparten.
En la crítica al ¡Arriba España! de Soria hay mucho de sacralización de esta valiente señora, y hay también sacos y sacos de hipocresía social: nos pasamos la vida exigiendo a los políticos que se comporten y actúen como personas corrientes, y criticamos con dureza y sarcasmo ese lenguaje politiqués y cantinflesco con el que siempre hablan para los medios, preocupados por ser interpretados más allá de lo que realmente quieren decir. Hasta que un tipo como Soria -poco conocido por su sentido del humor, hay que decirlo- se permite gastar una broma estrictamente privada a una compañera de partido. Una broma destinada exclusivamente al conocimiento de quien la recibe, que es quien comete la pequeña vileza -los valientes también yerran- de divulgarla públicamente para usarla como pieza de un debate político del que esta chanza no forma parte. Mal por María San Gil. Y mal por el sindicato de Pedrojotas que ha convertido esta trivial sandez en un asunto de interés público.
fpomares@epi.es

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