El mirón

Bandera de la simpatía

 

FERNANDO DELGADO Esta semana ha sido la de la bienvenida a Mariano Rajoy al club de los simpáticos. Y no porque su conversión a la moderación y al centrismo fuera conocida ahora, que ya había dado aviso de que él seguía siendo el de siempre pero moviéndose, sino porque en esta semana Esperanza Aguirre, que celebraba con una cena el primer año de su propia victoria, le dio la oportunidad de declararse simpático y se dio a si misma en los postres la ocasión de defender la antipatía como expresión ideológica. En este sentido, la presidenta madrileña manifestó de modo implícito su adhesión a José María Aznar, que fue siempre muy coherente en eso: la antipatía formaba parte del carácter del ex presidente tanto como de la expresión de sus ideas. Si Aznar no defendió la antipatía como emblema sí tuvo palabras explícitas de desdén hacia la simpatía, al menos en el ámbito de la política internacional. Con caer simpático a Bush le bastó.
La señora Aguirre se ha empeñado en que el rifirrafe personalista del PP antes de su congreso sea una debate de ideas, pero hasta esta semana no alcanzaba uno a ver qué podría distinguir el marianismo del antimarianismo hasta que aparecieron las banderas de la simpatía y su contrario. Ahora lo tengo claro: la apuesta por la simpatía es parte esencial del debate de ideas. Lo que distingue por el momento a Rajoy y los suyos de doña Esperanza y sus secuaces es, ni más ni menos, que la apuesta o no por la gresca. Rajoy, no importa si converso a las buenas maneras, defiende el diálogo y el entendimiento a favor de la convivencia, y Aguirre se apunta a hacer de la democracia un ring de boxeo porque desconfía del adversario político hasta el punto de que cree que si es buena le van a tomar el pelo. La verdad es que si hacemos memoria de la guasa con la que se tomó Rajoy el buen talante de Zapatero y los insultos que le propinó resulta difícil creer que quiera hacerse ahora más simpático a más gente, como ha dicho. Pero cualquiera que desee que la buena convivencia no sea incompatible con las diferencias entre partidos, las ideas de cada cual y la crítica necesaria, bronca bien administrada incluida, olvida lo pasado y da a Rajoy la bienvenida al espacio de la gente que hablando se entiende. No es que uno se ponga del lado de Rajoy o de sus contrarios, que son los militantes del Partido Popular los que tienen que elegir, pero la opción por la simpatía o la antipatía sí que es asunto de todos, tengamos que votarle o no. Rajoy quiere hacerse tan simpático que confía en cautivar a una parte de los votantes socialistas menos recalcitrantes. No dudo de que lo consiga, ni de que lleguen a ser los propios socialistas los que ayuden a que eso sea posible, pero Rajoy confiesa no haber cambiado. Si así fuera, no creo que le baste con la simpatía, por mucho que se le agradezca, pero estimo que no debe temer, como Aguirre, a que se burlen de él sus contrarios. Ni, por supuesto, a que los propios, incluidos los amigos de la pelea, dejen de apoyarle.

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