Un oro en 23 zancadas

16.08.2016 | 01:44
Un oro en 23 zancadas

Asistir desde el palomar del Estadio Olímpico a una final de los 100 lisos dista mucho de la experiencia -también apasionante- de seguir la gran cita de los Juegos a través de la televisión y a kilómetros de distancia. Lo primero que abruma es el silencio, sepulcral, que antecede a la prueba. El público enmudece. Como si tuviese la certeza de que alimenta con su respeto la posibilidad de que los atletas vuelen. Enseguida se colapsa la telefonía, ávidos los 48.000 testigos de colgar de las redes la imagen o grabación de cualquier instante, cualquier detalle, cualquier gesto que se salga del guion en una carrera para la historia. Ya vacíos los puestos de comida rápida en la hora fijada para el duelo cumbre por las medallas (las 22:20 horas), está casi en el cero la cuenta atrás hacia la carrera, jaleada desde las pantallas del majestuoso Engenhao, que así llaman los ciudadanos de Río a su estadio olímpico. Acaba la presentación de los atletas y del rugido por la aparición de Bolt se viaja al silencio. Todo empieza y acaba en diez segundos, algo menos. "Si parpadean, se lo van a perder", anuncian los locutores de las televisiones y radios de los cinco continentes. Hay tanta demanda de asientos en el palco de prensa que solo un 10 por ciento de los periodistas acreditados para los Juegos tienen el codiciado pase (la pulsera azul) para ver volar al relámpago.

Entonces, la carrera se dispara. Bolt no sale tan rápido como se esperaba pero su facilidad para ubicarse primero conquista al gentío que le empuja desde la grada. Hasta le da tiempo de ladear la cara y mirar el cansado rostro de los rivales. Gatlin, De Grasse, Blake, Bromell... Todos detrás del fenómeno jamaicano que devora plusmarcas y registros a dentelladas, que agota los términos para definir su grandeza y fulmina las dudas que siempre salpican los días antes a su concurso.

No hay debate. Es el mejor. Uno de los grandes protagonistas de estos Juegos. Y de la historia de los Juegos. Nadie tan rápido, tan voraz, tan efectivo. La marca no ha sido de las mejores de su longeva carrera (9.81) ni siquiera el duelo por el oro ha sido de los más reñidos del último decenio. Pero es su tercer título en la disciplina reina y el primero en Río, que tiene para Bolt sabor a despedida. Le quedan el 200 y el relevo antes de descansar su nombre en el olimpo de los dioses. El domingo le aplaudieron desde el palco Carl Lewis, Javier Sotomayor y Michael Johnson, éste último tan envejecido como su estratosférico récord en los 400. Se lo comió un fenómeno de nombre Van Niekerk. Y por la calle ocho. El único capaz de robarle focos a Bolt en el día grande de la velocidad. La noche que el jamaicano se disfrazó de Superman por última vez en unos 100 olímpicos.

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