23-F | XXXV aniversario del golpe de Estado

Más vergüenza que miedo a la intentona

Los diputados tinerfeños Juan Julio Fernández y María Dolores Pelayo reviven su experiencia

23.02.2016 | 12:10
El teniente coronel Antonio Tejero se sube al estrado, pistola en mano, al inicio del intento de golpe de Estado.

El 23 de febrero de 1981, la incipiente democracia española vivió su prueba más difícil. Fueron 18 interminables horas en las que militares nostálgicos del régimen franquista encabezaron un intento de golpe de Estado que se escenificó con el secuestro de los diputados de las Cortes por miembros de la Guardia Civil comandados por el teniente coronel Antonio Tejero. El asalto bien pudo haber acabado en un baño de sangre y en una nueva dictadura, pero el resultado final fue la consolidación definitiva de un sistema democrático que se sustenta en una Constitución que es una de las Cartas Magnas más avanzadas del planeta: "España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político", como recuerda una de las diputadas tinerfeñas que vivió aquella asonada, María Dolores Pelayo, que hace especial hincapié en el término "social" que aparece en este primer artículo del título preliminar de la Constitución. Otro de los políticos de la Isla que vivió desde su escaño el golpe de Tejero es Juan Julio Fernández, quien señala que "sentimos más vergüenza que temor, aunque durante las primeras horas, el desconcierto nos llevó a pensar en lo peor". Ambos políticos militaban entonces en la Unión de Centro Democrático (UCD) y treinta y cinco años después recuerdan para la opinión de tenerife su experiencia y algunas de las secuelas que les marcaron y les forjaron en los años siguientes.

Muchos de los protagonistas ya no están, han fallecido. El presidente en funciones en ese momento, Adolfo Suárez, y el que iba a ser investido aquella tarde para sucederle, Leopoldo Calvo Sotelo, también han muerto, así como el secretario general de la Casa del Rey, Sabino Fernández Campo; el vicepresidente del Gobierno y teniente general del Ejército, Manuel Gutiérrez Mellado; el secretario del PCE y único diputado que permaneció sentado junto a Suárez y Gutiérrez Mellado, Santiago Carrillo, o el presidente de Alianza Popular, Manuel Fraga.

Entre los diputados por la provincia de Santa Cruz de Tenerife que formaron parte de aquella primera legislatura, que abarcó desde 1979 a 1982, y que sufrieron el asalto al Congreso estaban además de Pelayo y Fernández, José Luis Mederos (UCD), Luis Fajardo Spínola (PSOE), Néstor Padrón (PSOE), Zenón Mascareño (UCD) y Antonio Alfonso Quirós (UCD), éstos tres últimos ya fallecidos. Por la provincia de Las Palmas estaban Lorenzo Olarte, Fernando Bergasa, José Miguel Bravo de Laguna, Antonio Márquez –todos de UCD– y Jerónimo Saavedra (PSOE). También formaba parte de aquella primera legislatura por la provincia oriental el ya fallecido Fernando Sagaseta, que militaba en la Unión del Pueblo Canario, integrada en el Partido Comunista de España.

Todo comenzó sobre las 17:20 horas –hora canaria– cuando un pelotón de guardias civiles con el teniente coronel Antonio Tejero al frente irrumpió en el Congreso de los Diputados mientras se votaba la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo. Hoy quedan en nuestra memoria el forcejeo de Gutiérrez Mellado con un guardia civil y el propio Tejero, que intentaron derribarlo pero no pudieron, como tampoco pudieron hacerlo con la democracia, ni los insurgentes que entraron en el Parlamento, ni quienes en la sombra daban las órdenes. También quedan para la posteridad los agujeros de los proyectiles dejados en la bóveda de yeso del hemiciclo, aunque cinco de ellos fueron tapados por error en una reforma, los que estaban sobre la tribuna de prensa.

María Dolores Pelayo tampoco lo ha olvidado y no duda en calificar el asalto al Congreso de hace 35 años como "una tragedia, el intento más grave de involución de toda la democracia española, que se sepa, y que se plasmó en un asalto al Congreso con disparos, amenazas a los diputados y todo tipo de parafernalias tendentes a conseguir el éxito del golpe de Estado".

"Fue una noche muy larga y me vino en ese entonces un flash memorístico de todo lo que habíamos trabajado durante la Transición, de lo que habíamos dejado en el camino, de los sacrificios profesionales y familiares que afrontamos y que podían perderse por un disparate, una locura de cuatro sinvergüenzas", confiesa Pelayo.

Añade que durante el secuestro los diputados éramos conscientes del comportamiento que debíamos mantener, porque "no podíamos entrar en la provocación de los golpistas, que con los tiros y otros gestos buscaban producir una matanza para convertir en irreversible la situación que pretendían los sublevados, así que nos prestamos a la estrategia de no provocar y esperar acontecimientos".

Una noche de radios

Fue una noche de radios, tanto para los ciudadanos que vivieron aquellas tensas horas en sus casas pegados a los transistores, como para los parlamentarios que permanecían dentro del hemiciclo y que, casi de estraperlo, lograron hacerse con algunos aparatos que escondían entre las bancadas. Pero de los golpistas no solo fueron rehenes los políticos, también permanecieron dentro del Congreso ujieres, taquígrafos, funcionarios, invitados a aquella sesión de investidura de Calvo Sotelo y los corresponsales de los medios de comunicación.

Pelayo recuerda que el actual alcalde de Málaga, Francisco de la Torre Prados, "tenía una radio y nos informó de la intervención del Rey y las órdenes que había dado, así como la conformación de una especie de gabinete de crisis que se le había encargado a Francisco Laína" –que era director de la Seguridad del Estado–. A partir de esas noticias nos fuimos calmando y esperamos el desenlace". Ya habían pasado más de seis horas y comenzaba una larga noche. El mensaje del Rey, vestido como capitán general de los Ejércitos, se difundió a la una y cuarto de la madrugada.

La también letrada María Dolores Pelayo, quien militaría más tarde en las filas socialistas, recuerda que cuando los golpistas dejaron salir a los diputados y todo había terminado, no quiso salir del Congreso con mucha rapidez, fue de las últimas en abandonarlo y, tras hacerlo se marchó hacia Barajas para coger un avión y poner rumbo a Tenerife, donde aterrizó en el Reina Sofía. Allí le aguardaban su marido y su hijo.
Pelayo recuerda que "el niño debía tener unos seis o siete años y fue al aeropuerto armado con todas las pistolas y juegos bélicos que podía tener en ese entonces; siempre recordaré cómo me dijo que iba así para defenderla de quien había intentado hacerle daño", recuerda la diputada quien añade que le dijo a su pequeño que "mamá ya estaba a salvo y que no se preocupara porque todo iba a salir bien". "Jamás me olvidaré de esa anécdota".

Pelayo asegura que entre aquel tiempo y la actualidad hay una gran diferencia. "Estamos en una etapa nueva que no sé lo que durará, pero que en todo caso dependerá de la inteligencia, la generosidad, la lealtad y la defensa que puedan hacer las distintas fuerzas políticas para poner por encima de las ideologías de partido, el interés general de los ciudadanos". "Puede que estemos ante una segunda transición, pero no debemos olvidar que la Constitución aprobada en 1978 nos ha traído la etapa más larga de libertad y democracia de toda nuestra historia", comenta.

"Lo veía todo verde"

Juan Julio Fernández también hizo memoria ayer de los sucesos que vivió durante aquellas horas del 23 al 24 de febrero de 1981, que también ha relatado en el libro Lo que puedo contar. "Recuerdo que estaba sentado entre Zenón Mascareño y Antonio Alfonso Quirós, ambos fallecidos ya", señala Fernández quien también recuerda a Néstor Padrón como una "persona muy honrada e íntegra".

Fernández recuerda que "por deformación profesional de arquitecto" una de las cosas que le llamó la atención en los primeros momentos fue el color verde "que lo inundaba todo, porque las columnas y los zócalos del hemiciclo son de ese color y al ver a todos aquellos guardias civiles entrando, se me quedó el verde impreso en la retina". Pero también señala que "fue como volver a ver una representación que daban por aquel entonces de la obra de Fuenteovejuna, que todo era de color hasta que salía a escena el corregidor y todo se volvía negro".

De esta manera colorista, el hoy también presidente de la Asociación Española de lucha Contra el Cáncer (AECC) en Santa Cruz de Tenerife recuerda el 23-F, pero lo que más le inquietaba entonces era la imagen que dábamos como país en el exterior. Así, dice que "la primera impresión que tuve fue de asombro, y la segunda, de vergüenza; ¡qué país de cagarracha, volvemos a las andadas!", dice que pensó porque "España había vivido 55 levantamientos o pronunciamientos y aquél era el número 56", comenta. El tercer recuerdo que tiene más vívido fue cuando su compañero de filas y de bancada, Zenón Mascareño, le dijo de forma educada: "Gilipollas, meta la cabeza que le pegan un tiro". Fernández no había reaccionado si siquiera ante el famoso: "¡Al suelo todo el mundo!".

"Al volver a levantarme de mi escaño, no dejaba de tocarme el cuerpo para comprobar si estaba vivo o no", incluso dice que le preguntó a Zenón si estaban "vivos o muertos", relata Fernández quien reconoce que rezó durante un tiempo.

"Habían muchos que pensaban en los primeros momentos del asalto que podía ser cosa de ETA, pero luego se vio que no era un ataque terrorista. La confusión era enorme", resalta Fernández.

Recuerda que tras los tiros Sagaseta se levantó de su escaño llevándose las manos a la cara y pidiendo un médico."Creímos que le habían dado, pero solo le habían caído pedazos de yeso en los ojos", explica.

También recuerda cuando le dieron permiso para ir al baño. "Empecé a orinar con el cañón de una ametralladora en los riñones", cuenta Fernández, "y de pronto llegó Ignacio Camuñas gritando: ¡Menudo numerito, esto parece de Zapata!", señala. "En otra ocasión nos pasaron una radio y uno de los guardias hizo la vista gorda y nos pidió que no le complicáramos la vida".

Conforme pasaban las horas, señala Fernández, nos dimos cuenta de que aquello estaba abocado al fracaso, pero "tras el 23-F nos acompañó la sensación durante semanas de que el golpe se iba a repetir" y recuerda cómo le ofrecieron un pasaporte diplomático para salir del país con su familia hacia Venezuela si se repetía otro golpe. "Afortunadamente no hizo falta", concluye.

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