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XAVIER DOMÈNECH | MANRESA
Jordi Pujol y Soley fundó su partido Convergència Democràtica de Catalunya en 1974 y se retiró de la primera línea tras las elecciones de 2003, a las que ya no fue candidato. Durante estas tres décadas, que incluyen 23 años al frente de la Generalitat, nunca dejó de ser cierto el chascarrillo acuñado en la primera etapa, cuando CDC fue creciendo por absorción de pequeñas formaciones, y con ellas a sus, a veces, ambiciosos líderes. "Mira, en CDC mandan tres personas –contaban entonces los pujolistas--: el Jordi, el Pujol y el Soley". Por si quedaba alguna duda, circulaba también una historia tan apócrifa como certera, según la cual Pujol llamaba a capítulo a los baroncillos que levantaban demasiado la cabeza y les espetaba: "Parece que los dos no podemos estar en el mismo partido, pero resulta que este lo he creado yo".
Y ciertamente, lo había creado él, recogiendo por toda Catalunya los mimbres que había ido sembrando durante años, en un frenético viajar de comarca el comarca, sin olvidar ningún pueblo, con el doble objetivo que conocer y darse a conocer. Su memoria prodigiosa, especialmente para las caras y los nombres, no le hubiera bastado para guardar todo un país en la cabeza sin ese periplo constante y atento al detalle, que continuó practicando ya en el gobierno y que fue una parte fundamental de su encanto.
Se le ha caricaturizado en figurillas de pesebre como un campesino con faja, alpargatas, cayado y barretina. Es un retrato incompleto: aunque amante de la montaña, Pujol es urbano y cultivado, aunque nada sofisticado. Otra caricatura recurrente lo compara al maestro Yoda de la Guerra de las Galaxias, por lo sentencioso, astuto y en ocasiones impenetrable. Pero su reino siempre ha sido de este mundo, y en no pocas ocasiones ha expresado enfado e incluso una indignación nada franciscana. Pujol solo es igual a si mismo, y ademas, todo parece indicar que tras él rompieron el molde.
Beatificado en vida por sus mas fervientes admiradores, su biografia tiene un instante fundacional, totémico, en una excursión al monte Tagamanent, aun niño, de la mano de su tío, en la que descubrieron restos de los efectos de la guerra civil. "Esto lo reconstruiremos", se dijo, y en aquella determinación no se refería tanto al lugar como a todo un país que, tras la guerra, estaba en muy mal estado.
Católico, lector de pensadores cristianos modernos y muy influido por el personalismo de Mounier, a Pujol la fe le empujó al compromiso, y decidió comprometerse con su país, que para él no era otro que Catalunya. Durante unos años llamó a diferentes puertas, todas ellas católicas y catalanistas (y mas o menos clandestinas) preguntando: ¿que hay que hacer? Pronto, sin embargo, se encontró marcando su propio camino, insatisfecho por la falta de visión global que lo que había hallado. No paso mucho tiempo antes de que fuera él mismo quien dijera a otros lo que debían hacer, quien pusiera en contacto medios con ideas, inquietudes con instrumentos. Tras pasar dos años y medio en la cárcel por promover una protesta contra la presencia de ministros franquistas en el Palau de la Música (los "fets del Palau", de 1960), se aplico a fondo en su proyecto de ir creando, o ayudando a crear, lo que a su parecer Catalunya precisaba para salir de la postración, desde una Enciclopedia a una discográfica. Convencido de que un país sólido necesita sus propios instrumentos financieros, hizo crecer Banca Catalana, cuyo hundimiento, unos años mas tarde, motivó una querella del fiscal general del Estado, que los jueces desestimaron en 1986.
Desde Banca Catalana o desde donde fuera que se le escuchara, Pujol dedicó su tiempo a predicar, con la palabra y con el ejemplo, la necesidad de "fer país", hacer o construir el país des de la base de la sociedad civil: la cultura, las corporaciones, las empresas, la prensa (un sector en que su intervencionismo detallista levantó ampollas). Y todo ello sin dejar de visitar todos los municipios, todos los barrios, todas las asociaciones, y de tejer así una tupida red de contactos. A medida que se acercaba la muerte del dictador, empezó a proponer el salto de "fer país" a "fer política". Para ello el instrumento debería ser un partido exclusivamente catalán, donde pudieran converger patriotas de distintas tonalidades moderadas, desde la socialdemocracia "a la sueca" hasta el socialcristianismo a la alemana, pasando por los liberales. A ese amplio espectro, que años mas tarde se ha llamado "casa común", Pujol lo denominaba "pal de paller", palo del pajar, punto de encuentro, de apoyo y de fuerza. Y a este palo vinieron a unirse muchos componentes de la tupida red.
Con ser muchos, no parecieron ser los suficientes cuando las elecciones generales de 1977 les dejaron en el cuarto lugar en votos, y las de 1979 empeoraron el resultado. Pujol tenia partidarios en todas partes, ciertamente, pero el péndulo antifranquista llevava Catalunya hacia la izquierda, y ahí estaban los socialistas de González sumando votos en catalán y en castellano, y los eurocomunistas del PSUC que tenían a su lado a Comisiones Obreras y a la intelectualidad izquierdista. Por el centroderecha, una UCD que dominaba por entonces los aparatos del estado. En comparación, el de Pujol aparecía, en injusta caricatura, como un partido de tenderos y sardanistas, sin referencias en la política española, que era, en aquellos años, el terreno del juego.
Pero llego el Estatut, llegaron las elecciones al Parlament de Catalunya, y con el juego cambió el terreno. Pujol se alió con una parte de la democracia cristiana para eliminar competidores y ganar grosor ideológico y relevancia internacional. Pero, sobretodo, Pujol azuzó a sus huestes para que fueran casa por casa si era preciso, divulgando de boca a oreja un mensaje elemental: "en las elecciones de aquí, el partido de aquí". Y funcionó. Por los pelos, pero funciono. Pujol fue investido President de la Generalitat. El resto de la historia es bastante más conocido.
Por cierto: en 1980, Jordi Pujol fue President con los votos de su partido, los de la nada independentista Unió del Centro Democrático de Adolfo Suárez, y los de la muy independentista Esquerra Republicana de Catalunya. Y si tener que cederles ni una sola conselleria. Bastó que les dijera "yo o los socialistas" para que, por razones diametralmente opuestas, ambas formaciones le cedieran su apoyo. Con este apoyo construyó el edificio de la Generalitat, transferencia a transferencia, peseta a peseta.
Acusado de regionalista por unos y de separatista por otros, Pujol nunca ha dejado que una cuestión de etiquetas le limite la libertad de movimientos, la capacidad de amagar entre el radicalismo y el pragmatismo, tirando de la cuerda sin romperla. Culpó al PSOE de haber intendado encarcelarle por Banca Catalana (y arrasó plebiscitariamente en las siguientes elecciones, en 1984), pero apoyó a González cuando perdio la mayoria absoluta, y en 1995, cuando todo se hundia, le permitió resistir hasta finalizar la presidencia española de la Unión Europea. Pacto luego tanto con el Aznar centrado de la mayoría relativa como con el Aznar sobrado de la mayoría absoluta. Y en todo este tiempo, cada dos por tres amenazaba con promover la reforma del Estatuto ante las "lecturas cicateras" del gobierno central, pero nunca cumplió dicha amenaza. Con la boca pequeña afirmaba que ese era un melón peligroso de abrir. Pasqual Maragall no le hizo caso, y se abrasó en el intento.
Ahora está advirtiendo lo mismo con respecto a la Constitución: si se toca, dice, y con la que está cayendo, puede quedar peor en lo que al autogobierno catalán se refiere.
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