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Margullir

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MIGUEL ÁNGEL G. YANES Cuando aprendí a nadar, ya tenía al menos diez u once años. No pude hacerlo con anterioridad porque estuve gran parte de la infancia embutido en una armadura de escayola que no me permitía flotar; condición "sine qua non" para poder nadar. De hecho, ni siquiera me permitía sentarme, pero... a lo que vamos:

Cuando aprendí a moverme sobre el agua, sin un estilo definido, chapoteando a diestro y siniestro, pero sin hundirme (fue un día de primavera, en la antigua piscina municipal de Candelaria), me granjee el aplauso del abuelo; y cuando agotado, a punto ya de ahogarme, me aferré por fin a la salvadora orilla, se apresuró a decirme:

- Ahora tienes que aprender a margullir.

¡Dios mío! Qué terrible suplicio sería aquél. Porque, he de decirlo sin tapujos... no tenía ni la más remota idea de lo que significaba aquella palabreja.

Han pasado los años inexorablemente, y con ellos, esa extraña palabra se ha ido diluyendo en nuestro vocabulario, hasta el punto casi de desaparecer. Por eso quiero sacarla hoy a la luz, ponerla al alcance de los labios que no tuvieron la oportunidad de conocerla, recordársela a los que sí la tuvieron, y recuperar de esta forma un trocito de olvido.

Margullir tampoco figura en el "Libro Gordo de Petete", pero para nosotros sigue teniendo un significado claro y conciso: "bucear", "sumergirse"; aunque también se emplea en agricultura, en concreto para designar la técnica de "acodo" o "margullido", que consiste en enterrar un gajo de una parra para que brote otra junto a ella.

Si nos fijamos bien, vemos que, en ambos casos, se trata de hundir algo, ya sea un cuerpo en el agua o un sarmiento en la tierra. Así que, después de margullir un poco en nuestras raíces lingüísticas, voy a salir a tomar el aire, para permitir que ustedes puedan también respirar un poco.

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