MANUEL VILLENA
Aún se evoca con añoranza y admiración al genial humorista Gila, que se hizo famoso, entre otros temas, por sus esperpénticas escenas de la guerra. Recuerdo el caso de aquellos soldados que tenían que atar el proyectil de la bala con una cuerda, para una vez disparado éste, poderlo recuperar tirando del hilo y así volver a dispararlo de nuevo.
Ni el propio Gila hubiese podido imaginar que aquellas cómicas ficciones se tornasen en tristes realidades. No hay más que leer el plan de ahorro, que se le pretende imponer, a la Guardia Civil, y más viendo como al mismo tiempo se dilapida el dinero en suntuosos y versallescos palacios o en inútiles, vergonzosos y claudicantes servicios de traducción en el Senado, para pensar que este plan ha sido un vulgar plagio de las genialidades de Gila.