J. F. MURPHY
Un vecino de Santa Cruz, pongamos que se llama Miguel, decide salir de paseo con sus hijos. Es el primer sábado de 2010 y triunfa el sol. Apetece. Grandes cruceros en la bahía, Anaga al fondo, el mar, la mar inmensa hoy es azul. Miguel pasea y reflexiona. Qué difícil llegar al mar, qué secuencia de decisiones alejaron la ciudad del mar, acertarían o no. El puerto, claro, el puerto es lo primero para una isla, decidir exige renunciar... Miguel camina con los niños revoloteando a su alrededor, la felicidad existe...
- Vamos, veremos los barcos de cerca y el mar.
Ellos no recuerdan haber estado, él sí, claro: carreras por el malecón y una visita inolvidable al Juan Sebastián Elcano... Pretende contarles cómo era Santa Cruz no hace tanto, los recuerdos de su padre, la playa de San Antonio y La Muralla, detrás El Toscal. Le sorprende el gentío, bajando y subiendo por el laberinto que conduce a los diques; más aún el deplorable estado del acceso... da miedo, los recovecos, los orines. El recorrido desangelado junto al tráfico.
- Miguelito, no te sueltes– una barrera impide el paso.
- Sólo turistas y tripulantes.
- Eso, nosotros tres hoy somos turistas– respondió Miguel, vamos a ver los barcos.
- Imposible, no está permitido.
Alguien tuvo la ocurrencia y Miguel no sabe qué decir. Es absurdo discutir con el guardamuelles que es un mandado. Resignación. Así vive el vecino de Santa Cruz, resignado. Esta es una más de tantas, ya es costumbre. Próceres a los que sólo interesa la especulación, defender intereses de unos frente a los de otros. Mas del pueblo destacará quien anteponga el interés general y luche por mejorar el bienestar de todos los ciudadanos. Que así sea.