JOSÉ FCO. RUIZ
La liberación de la mujer es sin lugar a dudas, el debato estrella y por lo tanto más importante del siglo pasado y aún en el presente. La igualdad de los sexos y la salida de todo escaparate y escenario de dominio público, ha hecho que pasaran de ser seres dulcificados, complementos y adornos cálidos de múltiples profesionales, profesiones que ahora mismo ellas ocupan, comprar tiendo día a día y codo a codo un amplio amalgama de actividades con el sexo opuesto. La escena de la que hablamos, nos la presenta la sociedad llamada occidental como un montaje que es símbolo de la modernidad. Los montajes pueden tambalearse, flaquear cono cualquier otra cosa y se alejan de la realidad. No es desconocido que continúa dándose la situación adversa, la más conocida y más antigua. Existe una gran mancha formada por mujeres que canina por los conductos de la marginación, víctimas de la violencia que sobre ellas y contra ellas ejercen sus maridos y compañeros. Muertas unas, heridas otras, arrinconadas en lugares grises y de soledad con sometimientos en función de los deseos e intereses del macho. ¿Es importante pues que el debate siga en vigor? ¿Se puede hablar de una liberación total y absoluta, liberación real? Hoy por hoy, la tan discutida y alcanzada liberación femenina, sólo tiene luz a pie de los escaparates con focos de luz. Esta situación se agudiza en las zonas islámicas; ocurre en Kabul, Teherán, El Cairo, Rabat, Argel... lugares que se presentan constantemente con el adorno exterior de la hombría, las religiones en su mayoría, han sido diseñadas y elaboradas por hombres, gestionadas igualmente de los que se deriva, que fundamentándose en la ley divina, los machos construyeron contratos en los que se recogía la sumisión de la mujer. Algún que otro Apóstol habló con claridad en este sentido, "la mujer no asurará autoridad sobre el hombre debiendo permanecer en silencio. Adán ha sido creado antes y ella después". ¿Situó por tanto el pecado original a la mujer en un segundo término, creó tal cultura? En ese mito se apoyan fundadores del judaísmo, el cristianismo e incluso el Islam.
Adán y Eva posaban en el paraíso y escenario del pecado, el mito de la creación. Por ello, la renuncia a tal mito conduciría lógicamente hacia la restauración integra de la evolución femenina y por tanto conceder condición de mujer a ella. Sin el elemento manzana y su descomunal representación en el judaísmo y el cristianismo, este debate se liberaría de las cadenas que arrastra y le condiciona para así poder conseguir la igualdad de los sexos, una igualdad a la par que teórica y práctica, sustantiva y plena.