PEDRO H. MURILLO
En 1866, el pintor Gustave Courbet terminó una de las telas que mayor escándalo producirían en la historia del arte y que supone toda una declaración de principios. En el cuadro, se nos presenta el torso desnudo de una mujer recostada en un lecho. Con las piernas abiertas, se observa el monte de venus y la vulva. Como bien reseña, Savatier en su libro, El Origen del Mundo. Historia de un cuadro de Courbet, esta obra sufrió el escarnio y el ocultamiento durante más de un siglo. La tela siempre fue guardada en secreto pasando de mano en mano para ser sólo disfrutada por coleccionistas. El psicoanalista francés,Jacques-Marie Émile Lacan, adquirió la obra en 1955 y tras su muerte, fue vendida al Estado Francés, por lo que ahora se puede contemplar en el museo de Orsay. Este secretismo que incluso fue ejercido por el propio Lacan, viene a confirmar una certeza terrible y que aún colea en nuestra sociedad. Lo que molestaba del cuadro–quizás todavía hoy, algún lector se sienta incómodo ante su contemplación– era el punto de vista que Courbet elige en su representación. El hecho revolucionario de la obra es que rompe con la tradición pictórica; el punto de vista es brusco, las piernas de la mujer están cortadas, no hay rostro y se trasluce una cierto desdeño en la ejecución. Pero lo que más impactó fue que Courbet tomara como principal tema los genitales femeninos.
La historia del arte está colmada de desnudos femeninos, desde las venus prehistóricas hasta las pinturas mitológicas del Renacimiento, sin embargo, en este cuadro se nos presenta un sexo descarnado, sin aderezos, desacralizado y por lo tanto, para muchos aún hoy, intolerable. Siempre me ha atraído este cuadro, por el contenido simbólico que destila. Y es que, volviendo a la certezas terribles a las que me refería, la mujer jamás ha tenido control sobre la representatividad de su cuerpo. La anatomía femenina ha sido sacralizada, anatemizada, vilipendiada, mitificada por hombres que han instaurado un modelo de belleza conforme a sus propios apetitos. Ante esta situación, la mujer se ha visto reducida, cosificada,circunscrita a un modelo perfilado por otros, en definitiva, ausente. Por ello, cuando , a raíz del libro de Savatier, he vuelto a contemplar el cuadro, tengo la sospecha de que lo que realmente nos molesta a los hombres de la obra es lo explícito, la falta de sugerencia, la inevitable verdad de que estamos ante una mujer, y como he comentado, amigo lector, en otras ocasiones, ese hecho nos llena de pánico. Cuando veo este cuadro pienso en la atrocidad que padecen cien millones de mujeres en Nigeria, Sudán, Somalia y una larga lista de países en los que se continúan con la macabra e irracional práctica de la ablación; me asalta la imagen de todas esas mujeres que sufren en silencio el fascismo inherente en el maltrato, que no es otra cosa, que el miedo a la discrepancia, la tiránica estulticia del impotente. Al ver de nuevo esta tela del genio francés, me viene a la memoria todos los rostros de las mujeres quemadas vivas, de las que nacieron y murieron sin voz, las que no fueron vírgenes ni mártires.
Es la misma cosificación, la que se practica a diario en la publicidad; la mujer como recipiente, la fámula al servicio de una industria y con todo, en Occidente, a pesar de la Iglesia Católica, la mujer ha ido progresivamente librando ataduras no sin una infinidad de problemas y luchas intestinas. Vuelvo al cuadro de Courbet, después de años, y recupero la frescura de su genio, la valentía de su apuesta, la magnitud de su atrevimiento en una sociedad atroz. Tras contemplarlo, comprendo que lo que hace destilar bilis a las autoridades de Marruecos con su monarca al frente, no es que la activista, Aminatu Haidar, reivindique la independencia de un territorio que España abandonó a su suerte ni las consecuencias políticas –lamentablemente escasas dada la paupérrima actuación diplomática española– ni las reacciones de intelectuales y organizaciones de todo el globo. No. Creo que lo que más le irrita es que todas esas reivindicaciones, la consecución de una heroicidad que se puede revelar suicida, haya sido cometida por una mujer. Desconozco si Haidar ha visto el cuadro de Courbet, denominado ya en el siglo XX con un apelativo menos incómodo como el Origen del Mundo, pero coincide con la propuesta del pintor francés; el anhelo de miles, millones de mujeres que aspiran a recuperar su cuerpo arrebatado por la dictadura política, estética, sexual.....; por eso no hay rostro en el cuadro porque no es una, sino todas las mujeres, es un manifiesto de género, una lucha irredenta por recuperar el cuerpo usurpado por milenios de brutal mercantilización.