CARMEN DE LA ROSA
Los árboles de nuestra ciudad pertenecen al patrimonio vivo de los ciudadanos. Son oasis en medio del asfalto y del cemento. Santa Cruz visto desde los Campitos en un feo mazacote de edificios con apenas la mancha verde de dos parques: el García Sanabria y el de La Granja. Si la Avenida de Anaga resulta acogedora es gracias a sus enormes laureles de indias, si no sería un paseo árido e intransitable, una cinta de cemento recocido al calor del sol. Cuando se arranca un árbol de la ciudad, que ha sobrevivido a tormentas, calimas y despropósitos urbanísticos, es como si a los ciudadanos se nos arrancara una muela. Nuestros árboles, los de todos, nos ayudan a respirar en una ciudad asfixiada por el tráfico y los humos de la refinería. Respetemos nuestros árboles, defendámolos frente a los que quieren arrasarlos. No permitamos que se lleven por delante los laureles cincuentenarios de la avenida de Anaga con la excusa de una obra. Merecen ser catalogados como bienes de interés natural y preservados de los desmanes urbanísticos.
Son nuestros y no tienen precio.