ANTONIO MARTÍN PÉREZ
Ya se lo advertí a la señora consejera: en el Instituto Canarias Cabrera Pinto de La Laguna alguien no soporta la libertad de expresión. Y tanto es así que la carta abierta a la consejera la cual había sido fotocopiada y pinchada en el tablón de anuncios de la sala de profesores, al cabo de cuatro días apareció tachada de "arriba-abajo" con una inmensa cruz en forma de aspa y, para más escarnio, con un rotulador veleda de color rojo.
¡Sinvergüenza! (Masculino o femenino, pues no se le conoce el sexo).
La gravedad del hecho lo es por partida doble. Por un lado, este señor o señora, actúa como los fascistas de la peor época franquista vulnerando uno de los derechos fundamentales protegidos por la Carta Magna, La Constitución; y por si fuera poco, quizás ¿educa? a ciento y pico de alumnos en este curso.
Señor o señora fascista: si es docente haga el favor de dejar la profesión. Usted es una persona que no educa en la tolerancia, ni en la diversidad, ni por supuesto en la solidaridad o en la vergüenza ajena. Usted es una persona que no se merece que la llamen profesora.
Usted es una delincuente, que además da asco y se come a los niños crudos. Si es capaz de intentar reprimir la libertad de opinión en este régimen de libertades formales ¿qué no haría usted en una época de represión política? Se comportaría como una fascista, monda y lironda.
Y es lamentable que por parte de la dirección del centro no haya existido reacción alguna, otra vez el silencio ("lo que no se dice, no se sabe"). Quizás sus miembros no hayan tenido la oportunidad de vivencias profundamente democráticas y sean incapaces por ello de convocarnos a todos los claustrales para erigirse en garantes (están obligados a serlo) de los derechos y libertades democráticos. Me hubiera gustado oír al director del centro condenando este atentado terrorista a la libertad de expresión, defendiendo de esa manera la libertad de conciencia, de opinión y de difusión del pensamiento. ¡Qué le vamos a hacer! Donde no hay, poco se puede sacar.
Ya ven, (y simplificando mucho para no aburrir), a una profesora le cae un expediente disciplinario por presentar una propuesta de trabajo en el instituto y el fascista o la fascista del Cabrera campea a sus anchas por los pasillos del centro. ¡Ya el conejo me desriscó la perra!
Señora consejera, haga algo, por favor. ¡Sálvenos de la quema!