CARLOTA LÓPEZ
El 11 de septiembre murió mi suegra. Pasamos casi tres días de duelo hasta que pudimos enterrarla el domingo. Tristeza y cansancio, es lógico. Además, cosas más terrenales, como establecer turnos para que ella no estuviera en ningún momento sola en el tanatorio. Era un deseo expreso de mi suegro, a punto de cumplir 93 años, al que se le murió la mujer de su vida, con la que había compartido todo desde hacía unos 65 años. Después de una primera noche de poco sueño, en la segunda volvimos a casa pasada la una. Mi suegro quería que descansáramos para estar en el tanatorio a las 7.30 y que él pudiera ducharse y cambiarse de ropa para el entierro.
Por cierto, no lo he dicho antes. Vivimos en los aledaños de la Plaza del Cristo de La Laguna. Casualmente, casi siempre he vivido allí, como niña y muchos años desde adulta. Estamos muy acostumbrados a las dificultades de acceso durante las fiestas. Cambiamos nuestra vía de acceso y ya está. Pero no este año. Los diferentes carteles informativos (ni un policía) nos llevaron de un lado a otro hasta que supimos que teníamos que entrar en nuestra calle en dirección prohibida. Pero no sólo eso. No teníamos acceso hasta nuestro garaje. ¿Por algún motivo? Porque no. ¿Alguna explicación? No, ninguna. Nadie se ha comunicado con nosotros, y nosotros solos no acertamos a encontrar el motivo. Nos da igual. Con la carga que llevamos encima, nos saltamos la indicación y entramos en nuestro garaje.
Es sábado y entendemos que haya conciertos en la Plaza, a pesar de que no nos cabe más ruido en la cabeza. Pero hay algunas otras cosas que no comparto. No entiendo que el concierto acabe a las 3.30. No entiendo que el volumen tenga que estar tan alto que mi hermano lo oyera perfectamente desde el final del Camino Largo o que conocidos míos que viven en el Camino del Rayo pudieran reconocer las canciones que sonaban en la plaza. No entiendo por qué mi prima tuvo que pagarse tres días en el Sur para que su hija de cuatro meses pudiera dormir.
Pero eso no es lo único. Este año han vuelto a colocar la feria de atracciones enfrente de nuestra casa. Ya estuvo durante años en esa zona cuando yo era pequeña. Eso implica ruido-más ruido-más ruido-más ruido-más ruido y así hasta contar todas las atracciones que encuentras hasta el final del terreno. Perdón por no contarlas. Prefiero no saber el estruendo de cuántas máquinas estoy oyendo a la vez además del concierto de la plaza.
Hay más. ¿Se acuerdan del barranco que pasa por detrás de la Plaza del Cristo? Una parte la taparon y es ahora una vía que no se usa pero que existe. ¿Que no se usa? Sí en las Fiestas del Cristo. A un grupo de trabajadores de ferias los arrinconaron en esa vía. Tampoco los he contado. Los pobres están al lado de los urinarios, que llevan varios años en esa vía durante las fiestas.
Sumen. Háganse una composición de lugar. De verdad, paren un momento y piensen en todo el ruido que se mezcla a la vez en unos metros cuadrados, que afecta a muchísimos vecinos año tras año. No. Yo no me tengo por qué mudar de la calle en la que he vivido siempre. No. Tampoco puedo irme unos días fuera porque estoy trabajando. Sí. Siempre he entendido que las fiestas exigen comprensión por parte de los vecinos. Siempre la hemos tenido. ¿Creen que no es ser comprensivo que nunca nos quejamos ante el Ayuntamiento de La Laguna por el exceso de ruido cuando, años atrás, hemos tenido familiares gravemente enfermos en casa mientras los cochitos locos nos volvían ídem cada noche?
No. Perdonen, pero todo lo que digo no es demagogia. NO. Es una descripción fiel de mi vida este fin de semana. Pero es que las historias que me cuentan mis vecinos, no por no tener incluido el fallecimiento de un familiar deja de ser menos sangrante. No. Demagogia no, sino desesperación en estado puro.
P.D. Escribo esto desde un hotel de Santa Cruz al que tuvimos que irnos para poder descansar y volver a nuestra vida de trabajo + compañía a mi suegro + ruido-ruido-ruido-ruido-ruido hasta que termine septiembre.