CARLOS CASTAÑOSA
Ayer me tocó a mí... Últimamente se ha perdido la crueldad de la sonrisa cuando un viandante tropieza y se estampa contra el suelo con la comicidad que, en una película de Charlot o del Gordo y el Flaco podía tener su gracia; una gracia que trascendía del blanco y negro de la pantalla de entonces a la vida normal, cuando las caídas ajenas eran motivo de jolgorio y chanza, ignorando la entidad de la lesión y dolor de la víctima. Hoy, en cambio, nadie ríe y todos acuden prestos en ayuda del accidentado. Aquí, en esta preciosa ciudad, donde las calles peatonales abundan y tantas obras de pavimento reciente se prodigan, también se numeran por lo alto las caídas tras el tropezón en una baldosa saliente o en un bache intempestivo. Dicha proliferación no puede ser casual, sino que la necesidad de caminar mirando al suelo para eludir las pequeñas trampas sembradas por doquier radica, evidentemente, en una negligencia de gestión del responsable, o responsables municipales que deben velar por el buen estado de la vía pública en beneficio de los ciudadanos quienes, con su voto, han depositado una confianza que, en este caso, se ve defraudada...
Ayer me tocó a mí... Paso de peatones de nueva creación, semáforo intermitente y adoquines que bordean las vías del tranvía. Pedruscos que debían estar bien encajados y no lo estaban... Tremendo agujero donde faltaban tres o cuatro de las piezas de cantera... Cruzo con la vista puesta en el tráfico de coches y tranvía... Me faltó un ojo para mirar al suelo y me sobró el pie derecho que crujió al meterse en la trampa de cazar ciudadanos confiados...
Reacción inmediata, llamar al 092 para informar del desaguisado urbanístico y recabar la urgente reparación para evitar más accidentes posteriores al mío. Amabilidad absoluta por parte de los agentes. Levantaron atestado de mi suceso y me ofrecieron todo tipo de asistencia. Por la tarde ya estaba tapado con piche el boquete asesino.
Me tienta la comodidad de callar y dejarlo pasar, pero la conciencia de ciudadano me induce a contarlo y a tomar las medidas legales pertinentes con la reclamación que se completará cuando obtenga el alta de mis lesiones de las que fui muy bien atendido en Urgencias de La Candelaria.
Estoy seguro de que si la mayoría de los afectados por percances de esta índole obrasen en orden a defender y reclamar sus derechos, desaparecería la ineptitud de los funcionarios municipales que los provoca... Podríamos caminar confiados y seguros, sin necesidad de llevar la cabeza gacha en busca de grietas... o cagadas de perro...