MIGUEL A. ESPINO
Debo confesar que cuando escuché las conmovedoras palabras de Obama contra la tortura, dirigidas a los preocupados oficiales de la CIA acusados de realizar supuestas torturas, sentí un súbito arranque de simpatía hacia el presidente, y casi llego a expresarla; pero me abstuve, porque, en ese tema, dudo de su probidad. Era aquella una reunión con recelosos dirigentes de la Agencia, a quienes despejó de temores persecutorios, y más bien les explicó su firme oposición la tortura, práctica perversa que no puede permitirse, –óigase bien– ni siquiera contra los terroristas.
¿Cómo no aplaudir aquella muestra de afecto por la vida? Según las palabras de Obama, no se permitirá nunca más la tortura a terroristas prisioneros; no la permitirán ni el gobierno, ni su presidente. ¡No más torturas en los Estados Unidos! (¿A nadie? ¿A ninguna persona?) Aquella loable actitud contrasta con su total apoyo al aborto. Muestra así, Obama, tener una doble moral y una supina ignorancia, que ofenden. No parece entender que si la tortura a prisioneros es inadmisible y repudiable, más lo son las torturas a los no nacidos, que deja también otra víctima: su madre.